lunes, 28 de noviembre de 2016

César Bona o el “zangolotinismo neopedagógico”


-Pero dilo con más galanura, hombre. No con esa mirada de besugo y ese aire de... de zangolotino... Más galanura.
 -¿Más qué? (preguntó con absoluta ignorancia) 
-Galanura. 
-¿Y eso qué es?

¿Recuerdan este diálogo de la estupenda película “El viaje a ninguna parte” de Fernando Fernán Gómez? Carlos Galván (Pepe Sacristán) y Carlitos (Gabino Diego) ensayaban en la posada una obra de teatro y Sacristán le decía a Gabino Diego, que no estaba nada convincente en su papel, aquello de "zangolotino". Entonces escuché por primera vez esta palabra tan poco utilizada que está hoy de plena actualidad. La RAE define "zangolotino" como una expresión coloquial que sirve para describir a quien  se comporta de forma infantil o demuestra tal mentalidad. Si seguimos así, dentro de poco los zangolotinos dominarán la tierra. Al menos en España.

Esta mañana me desayunaba con una entrevista en La Vanguardia a César Bona, considerado por la tendencia dominante en educación, p
or la administración educativa, y también por Ikea, el mejor profesor de España (aunque, para ser rigurosos, César es maestro de Primaria). Ya en la introducción (minutos publicitarios) leemos que en estos "centros pioneros" que promociona Bona en su segundo libro "lo más importante no es que los alumnos aprueben, sino escucharlos, motivarlos y formarlos para que sean personas socialmente responsables". Antes de entrar en detalles, ¿podría alguien explicarme por qué un examen es perjudicial para conseguir que un alumno se convierta en un ciudadano socialmente responsable? ¿Podría alguien explicarme, de paso, qué es una persona "socialmente responsable"? ¿Podría alguien, abusando un poco, decirme si cuando estos niños tan motivados quieran sacarse el carnet de conducir, se concederá importancia a que lo aprueben o se pedirá que se les conceda en función de su motivación? ¿Animaría a alguien a conducir a un sujeto que no hubiera aprobado el examen? ¿No es también segregador el examen de conducir, puesto que quien no lo supera se queda sin carnet? La argumentación es tan pobre, tan pobre, TAN, TAN, TAN POBRE, que vamos a tener que explicar que aprobar significa que el profesor verifica que un alumno ha aprendido lo que el profesional ha considerado que debía aprender, y suspender no es otra cosa que la advertencia de lo contrario. Pero no hay manera. Los exámenes son malos. Los deberes son malos. La exigencia es mala. El esfuerzo es malo. Los contenidos son malos. Es todo tan idiota que temo que acabemos extinguiéndonos...

Sobre César he hablado en mi libro, de forma, tengo que decir, muy educada. También lo hice a raíz del programa Cintora en la calle, en el que no coincidimos, pues Cintora decidió pasear con Bona por el parque mientras a mí me recluía en un aula antigua, para adecuar, imagino, la atmósfera a lo que tenía previsto consumar durante la grabación (y, sobre todo durante la edición). Comenté otra entrevista suya, en ABC, aquí. Y aquí relaté los pormenores de la única vez en la que he podido debatir con él (hasta que se enfadó y zanjó la charla de forma abrupta) pues en todas las ocasiones en que se ha podido dar la circunstancia (tres, que yo recuerde), César declinó la invitación. Sin embargo, aunque no ha habido suerte a la hora de buscar una discusión civilizada, César sí se ha referido a mí en varias ocasiones, incluso sin citarme y tergiversando unas declaraciones que yo había hecho (aquí se puede leer una crónica de lo sucedido en La Sexta Noche). Hasta sor Lucía Caram, la monja más mediática a este lado del Mississippi, me hizo el favor de desaconsejar mi libro (bueno, es largo de explicar, primero recomendó y luego, ya en la tele, disuadió de su lectura -léanlo, si les apetece, aquí-), al tiempo que invitaba a los espectadores a leer el de Bona que, como diría Coelho, está más mejor

La cosa es que hoy, una periodista de La Vanguardia, Raquel Quelart, firmaba un reportaje (al que pueden acceder desde este enlace) a la estrella mediática con el siguiente titular: 

Si tu hijo te dice que no quiere ir al colegio, ¡escúchale!

Como titular es, sin duda, tendencioso (y todavía no han leído nada), pues presupone que quienes entendemos como natural que nuestros hijos prefieran hacer otras actividades que ir a la escuela debemos ser personas de una enorme crueldad. Porque, con sinceridad, yo a mis hijos les escucho, pero que quieran ir o no al cole no me hace cuestionar la conveniencia de que vayan. 

Tampoco es muy equitativa la autora de la entrevista al cotejar el pensamiento boniano con el mío. Escribe Raquel Quelart: 

Los planteamientos del docente también han levantado ampollas entre algunos de sus colegas de profesión con una visión más convencional de la educación. Muestra de ello es el libro de Alberto Royo Contra la nueva educación. Pero a pesar de las críticas, César se mantiene firme en su compromiso por una educación mejor y más humana

Sra Quelart, "levantado ampollas" es una apreciación un tanto subjetiva. Y, si se trata de ampollas, más bien parece que soy yo el que las ha levantado por haber "osado" criticar las propuestas de moda. Basta ver las loas que usted dedica a Bona y cómo me trata a mí. Porque verá, decir que "a pesar de las críticas", él continúa "firme en su compromiso por una educación mejor y más humana", justo después de haber hablado de mi libro, supone sugerir que quienes no compartimos sus planteamientos, tampoco compartimos sus buenas intenciones (unas buenas intenciones de las que, por cierto, está empedrado el infierno). ¿O supone usted, Sra Quelart, que yo apuesto por una educación peor e inhumana? ¿Quizás extraterrestre? No es que me moleste que César le sulibeye y yo le resulte tan "convencional" y, por lo tanto, aburrido. Lo que ocurre es que la ética periodística debería infundirle cierto afán, si no de objetividad, que es imposible, sí de rigor, imparcialidad y honestidad profesional. Si tiene intención de comparar dos visiones distintas de la educación a través de los planteamientos de un maestro que se dice innovador (Bona) y un profesor que NO se considera "convencional" (yo), pregunte a ambos o al menos no nos trate de forma tan desigual.

Pero vayamos a lo importante, no sin antes pedir a César que lea con más atención mis declaraciones si quiere citarme porque, de hacerlo mal (y ya van unas cuantas), cualquiera podría interpretar que lo que pienso es lo que César dice que pienso y no lo que pienso de verdad, que suele estar bastante cerca de lo que yo digo que pienso. Lo importante es, pues, rebatir algunas ideas, no por quien las dice sino por su contenido y repercusión ("todas las personas son respetables, pero no todas las opiniones", dijo Fernando Savater). Combato estos planteamientos porque los considero dañinos y porque no los quiero ni para mis alumnos ni para mis hijos. Y lo voy a hacer cuestionando algunas de las afirmaciones que aparecen en el reportaje. En azul, las preguntas de la periodista; en rojo y cursiva, las respuestas de César Bona. En negro y en redonda, mis comentarios. 

¿Qué recuerdos guarda de su etapa como alumno?

Supongo que los mismos que tienen los lectores que nos leerán: el ir a la escuela, tener que leer un libro de texto y, luego, soltarlo en un examen, olvidarte e ir al siguiente tema; lo que sigue sucediendo ahora años después. Y, claro, las cosas van cambiando en todos los ámbitos de la vida y la educación no debería ser diferente. 

Los recuerdos de la escuela de cada uno son muy diferentes. Pretender que la experiencia personal condicione las decisiones en materia educativa es mucho pretender. Por otra parte, ningún profesor quiere que sus alumnos aprendan algo y lo olviden de inmediato. Si uno olvida enseguida lo que ha estudiado, normalmente es porque lo ha estudiado muy mal o porque no lo ha repasado. Emplear como excusa eso de que "las cosas han cambiado en todos los ámbitos de la vida" para despreciar aquello que funciona es tan ridículo como recurrir al "esto se ha hecho toda la vida" para eludir la modificación de lo que es necesario alterar.

¿Cuál es el fallo de la educación convencional?

Nos tenemos que dar cuenta de que somos seres sociales, pero seguimos educando a seres individuales. Es necesario que el conocimiento ya no parta solo del maestro, sino que sea un factor compartido y no sea usado exclusivamente de forma individual.

Esta frase no tiene ni pies ni cabeza. El conocimiento no puede partir sino de quien lo atesora. Pensar que es algo "compartido" no tiene el menor sentido. Precisamente porque somos seres sociales necesitamos del conocimiento, para saber comprendernos, para saber tratarnos y para saber convivir.

¿Qué carencias educativas arrastramos la generación EGB?

Sobre todo sociales. Si echas la vista atrás, ¿qué importancia se le daba a las relaciones humanas en la escuela en la que nosotros vivimos? ¿O qué cultura ecológica se nos inculcó?¿Cuántas veces escuchamos cuando éramos niños que las diferencias entre nosotros enriquecen? Vida y Escuela han de ser indisolubles.

Ahora resulta que los de la EGB tenemos una tara. Vaya por Dios. Por lo demás, ¿"vida y escuela han de ser indisolubles"? ¿Qué demonios significa eso? Es como decir "oxígeno y escuela han de ser indisolubles". La escuela forma parte de la vida. No puede ser de otra forma. Si por "vida" se quiere referir César Bona a lo que no es la escuela, debo decir que el ámbito académico y el social son distintos, lo que no significa que no estén relacionados. Pero el objeto de la escuela, por definición, no es sociabilizar sino conocer, lo cual, además, contribuye de forma determinante a la sociabilización. 

¿En qué consiste el proyecto ‘changemarker’ al que están adscritas las escuelas en las que se basa su nuevo libro?

En escuchar a los niños, porque tienen mucho que aportar, invitarles a mirar a la sociedad donde viven e intentar mejorarla. Se trata de convertirles en agentes de cambio. Los alumnos de estos centros celebran asambleas, deciden qué colegio quieren. Y esto no significa que se suban a las barbas, sino que están más a gusto en un lugar donde pueden tomar decisiones, algo que nos sucede también a los adultos.

¿Qué profesor no escucha a sus alumnos? ¿Qué profesor considera que no tienen nada que aportar? Ahora bien, delegar la responsabilidad del adulto en el menor de forma que les toque a ellos decidir qué quieren, me parece, cuando menos, poco profesional. 

Usted critica que en el sistema imperante se escucha poco a los alumnos.

En realidad no es una crítica, es un hecho. Los niños y niñas en la escuela siguen recibiendo información que luego van a tener que repetir. La educación tiene que evolucionar: lo más importante para educar o enseñar es escuchar.

Este razonamiento me parece tan simple, tan tosco, que no sé ni cómo abordarlo. Para aprender hay que repetir, razonar, repasar, escuchar... todo ello forma parte del proceso. Reducirlo a la escucha es tan pueril que no resiste el menor análisis. 

¿Qué diferencias hay entre los siete centros ‘changemarker’ de España?

(...) En el instituto de Sils (Gironès) y en la escuela Sadako (Barcelona) tienen muy en cuenta el compromiso social. En el colegio O Pelouro, de Galicia, conviven niños de distintas capacidades y no se tienen en cuenta las etiquetas. En el centro Padre Piquer, en Madrid, los chavales de secundaria, bachillerato y FP evalúan a los profesores -también su nivel de empatía-.

No es momento de tratar el "compromiso social de la Fundación Ashoka, aunque de ello hablo también en Contra la nueva educación, pero permítanme que sonría cuando leo que son ellos los "socialmente comprometidos" y no los que defendemos un sistema público de enseñanza que ampare el derecho al ascenso social.

¿Qué piensa sobre las críticas que ha recibido su propuesta educativa, como la que plantea Alberto Royo en su libro ‘Contra la nueva educación’, donde acusa a su modelo de despreciar el conocimiento y la cultura y apostar por la felicidad ignorante?

Primero, le felicito por la tipografía de su libro porque es copia exacta del nuestro; segundo, decir que se desprecia la cultura y el conocimiento es no tener ni idea de educación, es tener los ojos cerrados, es querer vivir en una educación de hace 30 o 40 años; tercero, decir que a la escuela se va a aprender y no a ser feliz es un error; y cuarto, estar en contra de la evolución es una equivocación.

Primero, te agradezco, César, la felicitación, porque sé que es sincera, pero tengo que decirte que mi trabajo en Contra la nueva educación no fue más allá de la escritura del ensayo. La portada es cosa de la editorial, pero tú no te preocupes, César que yo les transmito la felicitación. Aprovecho para preguntarte de quién tomaste prestado el título "La nueva educación: ¿Fichte? ¿Dewey? En segundo lugar, tengo que decirte que tienes toda la razón cuando dices que no tengo "ni idea de educación" por afirmar que "se desprecia la cultura y el conocimiento". Como todos sabemos, en este país, como dirían en Amanece que no es poco, es verdadera devoción lo que hay por la cultura y el conocimiento. Prueba de ello es que a ti te han nombrado mejor maestro de España (un defensor del conocimiento) y que Gran Hermano lleva diecisiete ediciones. 

Voy a decirte algo más (no me siento capaz de replicarte cuando me acusas de estar "en contra de la evolución"... ¿contra Darwin?): no solo no tengo los ojos cerrados, salvo cuando duermo, sino que vivo en este mundo y no en los mundos de Yupi como tú, no en los años setenta sino en estos. Y en 2016 es, si cabe, más importante que antes, tener una sólida formación, una base cultural y conocimientos, precisamente para evitar que ningún embaucador nos pueda convencer de lo contrario con el pretexto de que nos va a hacer felices. Me niego a dispensar soma a mis alumnos, César. Me niego y haré lo posible por evitar que sea suministrada a los alumnos de los demás. No quiero ciudadanos felices en su incultura, encantados de conocerse y acostumbrados a exigir sin exigirse a sí mismos. No quiero zangolotinos. No quiero niñatos que no saben siquiera que no saben y cuya ineptitud, de la que de ningún modo tienen toda la culpa, les llevará a ser esclavos o tiranos. Quiero ciudadanos que sean capaces de procurarse su propia felicidad, ciudadanos libres que se labren su propio futuro. Y a ello pienso entregarme. Los elogios y los premios, te los dejo para ti.

Pacto entre mortífagos


Llevo tiempo oponiéndome al pacto educativo. Lo he dicho aquíaquí o aquí. He llegado a hablar de Pacto entre mortífagos, convencido como estoy de que la promesa de Rajoy de "contar con los docentes" se refiere a los docentes de "la nueva educación", los "maestros del corazón", los "innovadores", los "bilingües", los "emprendedores", los "TIC", los "inteligentes múltiples" y "empoderados"... Por eso, el peligro del pacto educativo es que va a consagrar esa "nueva educación", la de "los contenidos no son importantes", la de "el alumno ha de ser feliz", la de "no pongas deberes que hay que ir al museo", la de "no hagas exámenes porque son segregadores" ni hables de excelencia, "maldito elitista". El acuerdo tácito por la destrucción de la enseñanza pública se oficializará en los próximos meses."Uníos a nosotros o moriréis", decía Lord Voldemort. No hace mucho, en una entrevista, un director de instituto poder seleccionar al profesorado según su disposición a asumir los proyectos educativos del centro. "Uníos a nosotros o moriréis". 

Queda cada vez más claro que lo que se busca desde los poderes político-pedagocráticos no es mejorar la enseñanza. Desgasta denunciar la gran estafa y batallar contra la epidemia de estupidez y caradura. Pero cuando expertos a los que uno admira, expertos de los de verdad, como José Manuel Lacasa, coinciden en el diagnóstico, anima y reconforta. "Estamos en el peor momento social para un Pacto por la Educación", aseguraba en una conferencia reciente en Barcelona. Y lo respaldaba con datos, afirmando algo que vengo repitiendo una y otra vez: "el debilitamiento del currículo (...) no incluye a más alumnos -los expulsa de la escuela bajo fórmulas más sutiles-, y además, perjudica especialmente a los alumnos que provienen de entornos desfavorecidos". En efecto, la falta de exigencia, la reducción de los contenidos y el buenismo (Lacasa habla de "trilerismo de las buenas intenciones") han acabado con la idea de la enseñanza como ascensor social.

Lean la excelente entrevista de Eva Serra en Catalunya Vanguardista (aquí). No tiene desperdicio. Vale la pena leerla entera, pero vean lo que dice José Manuel Lacasa sobre un posible pacto educatvo.

Ojalá no se firme porque estamos en el peor momento social para hacerlo. Fijar un mal modelo para los próximos treinta años es mucho peor, es un suicidio. Hemos cambiado un poco el modelo LOGSE y ya no hemos vuelto a hacer nada más. En estos momentos un pacto por la Educación es un pacto por los intereses de las empresas educativas, de los partidos, de los sindicatos de profesores y de las patronales de educación. Nadie está hablando de verdad de Educación, hablan de sus intereses. Lo que hay en el ambiente y lo que se está implantando es técnicamente tan malo que si fijamos esas medidas y no podemos tocarlas en treinta años estamos muertos.

jueves, 24 de noviembre de 2016

"Disfruten del espectáculo", en el blog de Nacho Camino



Nacho Camino, que se prodiga menos de lo que nos gustaría a quienes hemos sido asiduos a sus lúcidos escritos, habla en su blog de los últimos acontecimientos en el ámbito mediático-educativo, con referencias a algunas de mis vicisitudes, como las acaecidas en Cuarto Milenio o en el programa de Mercedes Milá

Así comienza el artículo:

Si las entradas de esta bitácora se han espaciado tanto en los últimos tiempos es porque a quien esto escribe le parecía redundante seguir levantando acta del lento pero imparable hundimiento de la enseñanza española. Como, además, las propuestas que podían surgir de este espacio se oponían frontalmente al pensamiento hegemónico, tras cada publicación quedaba flotando en el aire un incómodo olor a catacumba: la sospecha de que este incienso subterráneo sólo iban a olerlo, una vez más, los convencidos, las mismas y cada vez menos numerosas narices que asoman por aquí tras haber constatado el hedor que desprende aquello que convenimos en llamar “escuela”.

Durante este tiempo, no es que las cosas hayan cambiado mucho. La nueva ley educativa se ha demostrado tan chapucera e ineficaz como cualquiera de sus predecesoras de los últimos veinticinco años. El fracaso escolar apenas se ha reducido, y, si lo ha hecho, obedece más a un maquillaje estadístico que a la imperturbable realidad. Las, así llamadas, nuevas pedagogías siguen bombardeando a los profesores en ejercicio con teorías de antiguo y de moderno cuño, la mayoría de ellas sin mayor fundamento científico que una baraja del tarot. Los políticos siguen hablando de pacto, y las nuevas tecnologías son el flamante becerro de oro.

Sin embargo, hay algo que sí ha cambiado. Algo que se veía venir, pero que nunca imaginamos que pudiera estallar como lo ha hecho. Estas discusiones pedagógicas, que antes se restringían al ámbito académico, se han convertido, como cualquier otro objeto de consumo, en un espectáculo para las masas. Lo que antes se reservaba para el debate especializado ahora es motivo de tertulia, concurso o telerrealidad en horarios de máxima audiencia. No hay cadena que no emita algún programa dedicado al asunto educativo, casi siempre a partir de un análisis superficial y profundamente sesgado de los problemas que padece eso que aún acordamos denominar “escuela”. Hasta Cuarto Milenio ha enfocado su objetivo parapsicológico para mejor iluminar las bondades de la neopedagogía, lo que quizá sea comprensible, después de todo: las pseudociencias se reconocen mutuamente sin dificultad alguna. Han proliferado tertulias, documentales, hasta concursos como “Poder Canijo”, un adefesio pagado con dinero público que la audiencia, por fortuna, ha castigado como merece. Por tener, tenemos hasta estrellas mediáticas como César Bona, con cuya invocación parecen solucionarse todos los males de la enseñanza, aunque no sepamos con certeza cuál es su método, ni siquiera si tiene uno. Y puesto que hay un héroe, y si queremos que el espectáculo continúe, los popes del entretenimiento televisivo nos proporcionan, cómo no, un villano. Ese papel le ha tocado en suerte al profesor Alberto Royo, el único en esos platós de la España cainita y bullanguera que se ha atrevido a señalar la impudicia del rey: A la escuela, ha dicho, se va, en primera instancia, para formarse, y no para ser felices. Semejante máxima le ha costado la reprobación, más o menos explícita, de presentadores, colegas, padres y hasta de monjas nada recatadas como la apelesiana Lucía Caram.

El texto completo, aquí, junto a mi agradecimiento a Nacho por su generosa valoración. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Debate sobre educación en el Foro de la Sociedad Civil


El pasado domingo me invitaron por segunda vez al Debate del Foro de la Sociedad Civil, que presenta Gonzalo Castillero en Capital Radio, junto a Jesús Banegas (presidente del Foro de la Sociedad Civil), Francisco Navarro (decano asociado de la IE Business School del Instituto de Empresa) y Antonio Cordón, que es consultor de comunicación.

Se puede escuchar el programa desde  este enlace (es la grabación de 20/11/2016).






lunes, 21 de noviembre de 2016

Salvados Deluxe


Jordi Évole, el que antaño se hiciera llamar follonero, se suma definitivamente, no al follón, sino al orden establecido, al menos en lo que atañe a la enseñanza. Évole ya estuvo desafortunado en aquel programa dedicado a Fin-landia, el país que quiere terminar con la escritura a mano y de paso con sus buenos resultados. Entonces confundió educación con Educación Primaria, dio voz (más voz, quiero decir) a un Catedrático de Didáctica que sorprendentemente aludió, para justificar que el sistema no funciona por nuestra culpa, a la nota de corte de Finlandia para estudiar Magisterio (¿y los valores, el aprender a aprender -o el enseñar a enseñar-, la intención "segregadora" de las calificaciones...?), olvidando que el problema de las Facultades de Magisterio concierne a los maestros y pedagogos y no a los profesores de secundaria, y se empeñó en comparar contextos, el del país nórdico y el nuestro, tan parecidos como el huevo y la castaña.

Ayer la volvió a pifiar con un programa ligero por fuera pero venenoso por dentro. No voy a rasgarme las vestiduras por la escasa profundidad de Salvados. Entiendo que es un programa de entretenimiento y no periodismo de investigación (a veces diría que se trata de periodismo de investigación placebo), pero lamento mucho que en un programa con tanta audiencia solo se haya podido escuchar el discurso hegemónico, que no mayoritario, en la enseñanza. Y lamento que en menos de diez minutos hubiéramos escuchado ya los tres mantras habituales de la Neopedagogía: "la letra con sangre entra", "la lista de los reyes godos" y el desprecio a los contenidos. Obviaré los dos primeros porque da cierto pudor tener que rebatir algo inexistente y que solo existe en la mente repleta de prejuicios de los adalides de la ignorancia (yo mismo jamás estudié la lista de los reyes godos ni sufrí una educación violenta y hoy las agresiones, cuando se producen, las padece el profesor). Pero sí quiero mostrar mi disgusto por las declaraciones de un colega, profesor de filosofía y director de instituto, quien afirmó durante el programa algo que me parece terrible: "Los contenidos", dijo, "no son tan importantes". Los contenidos no son tan importantes... Tan importantes ¿como qué? ¿Qué es más importante que el conocimiento en la enseñanza secundaria? Si el conocimiento no es lo prioritario, ¿cuál es el fin de la educación? No puedo comprender cómo un profesor puede pensar así. Puedo entender que no todos coincidamos en cómo conseguiremos formar mejor a nuestros alumnos. Es más, estoy convencido de que no es posible ponernos de acuerdo en esto, pues hay tantas metodologías como docentes. Pero discrepar en algo tan esencial como la importancia de los contenidos me parece muy preocupante.

Por lo demás, hemos llegado a un punto en el que no nos asombra lo asombroso sino que nos escandaliza lo que habría de percibirse con naturalidad. Uno dice que la escuela no está para hacer felices a los alumnos sino para formarlos y es víctima de todo tipo de maldiciones. Sin embargo, un director de instituto reconoce en público que se modifican los enunciados de la Selectividad para adaptarlos al actual nivel de los alumnos y no pasa nada. Sugería Antonio Muñoz Molina en el prólogo a Contra la nueva educación que si lo que ocurre en la enseñanza sucediera en la sanidad, el escándalo sería mayúsculo (y nadie imaginaría a un médico restando importancia a la salud). Pero aquí, repito, no pasa nada. Esta misma mañana, un amigo al que admiro por su lucidez, después de visto el programa y respecto a esta cuestión de la Selectividad, reflexionaba: Nadie se ha inmutado. Las cámaras han seguido filmando (...) Estamos ante sistema cultural tumorizado y ¿da igual? (...) El programa ha sido sencillo. Construimos un modelo educativo, vertemos harina populista, seleccionamos a unos profes y papis guays, montamos una clase chachicontestataria, metemos toda esa argamasa en el horno beleplaciente de la inspección educativa, echamos azúcar made mass media y chiiin: ¡a comer! Otro programa sobre educación. Manjar navideño.

La gente se sorprende cuando me opongo al tan ansiado por muchos "pacto educativo". No quiero pacto porque ya tenemos consenso. Hay consenso en que los contenidos no importan. Hay consenso en que los profesores somos responsables de la felicidad de nuestros alumnos. Hay consenso en que las familias no tienen que inculcar a sus hijos hábitos porque eso es competencia de la escuela (eso sí, los deberes, hasta que se consiga la "abolición", los hacen papá y mamá). Hay consenso en que exigir es injusto, clasista y perverso. Hay consenso en que memorizar es perjudicial para la salud mental y emocional de los muchachos. Hay consenso en que la opinión de profesional de la enseñanza tiene menos peso que la de padres, madres, tíos, vecinos, expertos, pedagogos e incluso alumnos, que para eso son -y así lo señala nuestra ley educativa popular-socialista (LOGSE/LOE/LOMCE) en sus preámbulos- el "objeto del sistema".

Así que, ¿quiénes somos nosotros para poner pegas? No se preocupen: en poco tiempo alguien hablará de conocimiento y habremos olvidado qué era. Entonces, ya no dolerá.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Merceditas y la hoguera literaria


El periodista Ferrán Monegal, que ya hablara de Contra la nueva educación en su sección La tele de Monegal del programa Julia en la Onda (aquí lo comenté), se refiere en su columna de El Periódico a la crítica de sor Lucía Caram a mi libro en el estreno del programa de Mercedes Milá Convénzeme (de la que hablé aquí). Dice Monegal:

"(...) el plato fuerte vino con sor Lucía Caram, que se puso a despotricar del ensayo 'Contra la nueva educación', del profesor Alberto Royo. ¡Ah! El propio Royo ya ha contestado en su 'blog',diciéndole a sor Lucía que quizá esté en pecado mortal, porque meses atrás subió a Twitter un vídeo en el que aparecía ella misma enarbolando el libro y aconsejando vivamente su lectura. O sea, que es muy posible que la madre Caram tenga que ir al obispado a confesarse por haber conculcado el octavo mandamiento, aquel que dice «no mentirás»."

El artículo completo, aquí

martes, 15 de noviembre de 2016

Ana Rosa Quintana


Ayer por la tarde me llamaron del programa de Ana Rosa Quintana. Me proponían viajar a Madrid para intervenir en la tertulia política, en la que tenían previsto hablar de educación. Decliné la invitación, pero acepté participar “entre las nueve y las nueve y pico”, a distancia, desde Pamplona.

Aunque no es la primera vez que me toca, se me hace difícil, incómodo, hablar con personas a las que no veo y solo escucho. En cualquier caso, la charla ha girado en torno a la necesidad de innovar en la enseñanza (que la dirección del programa parecía tener más clara que yo) los deberes, la motivación (¡cómo no!)… Aquí y aquí dejo dos fragmentos de la grabación para que cada uno pueda comprobar lo que dije y luego respaldarlo o criticarlo. Pero véanlo antes de hacerlo porque si se dejan guiar por los titulares de la web del programa es más que posible que se me despisten. Por dos motivos:

Primero: Cuando Ana Rosa Quintana me preguntaba esta mañana “quién debe motivar al alumno”, le he respondido “todos”, incluyendo a los profesores; es más, he destacado la importancia de que los profesores presentemos los contenidos de forma atractiva y tratemos de contagiar entusiasmo e incluso he señalado la necesidad de que amemos la asignatura que impartimos. Sin embargo, de todo esto, las declaraciones recogidas en la página del programa no es que hayan sido poco atinadas; es que son inventadas. Este es el titular: “El profesor enseña; pero la motivación es de los padres”, algo que no he sostenido en ningún momento. Lo que sí he afirmado es que me parece indispensable la colaboración de las familias a la hora de inculcar en los alumnos la responsabilidad y el gusto por aprender.

Segundo. Sin llegar al extremo de grosería del programa de Cintora en el que me vi envuelto, la introducción de los dos docentes convidados al debate ha sido un tanto desequilibrada. Cualquiera puede entender que si a un telespectador se le invita a escuchar al “profesor que puso en pie a un auditorio entero con sus innovadoras propuestas para el fomento de la educación”, este estará más receptivo que si se escribe “también hablamos con Alberto Royo, profesor de música con una visión opuesta a la que ofrece Alfredo Corell” (lo que a uno le coloca de inmediato en el bando de los malos) y se le pregunta, ya de entrada, si lo que defiende es que “aquí no se va uno a divertir sino a aprender”. Por cierto, mi visión no es opuesta a la de Alfredo Corell; es discordante en algunos aspectos (en unos muy discordante), pero concordante en otros, lo cual ha quedado de manifiesto durante la conversación. Si a esto añadimos que en pantalla aparece mi supuesto "contrincante" echando unas lagrimillas en una charla TED, la igualdad de oportunidades (tan importante en la educación) brilla por su ausencia. Si confrontamos, confrontemos sin condicionar al espectador, digo yo. Y que este saque sus propias conclusiones.

Nota para el Departamento de Documentación del Programa de Ana Rosa: se puede acceder fácilmente a mi charla TED (aunque el auditorio, en mi caso, no se puso en pie, culpa mía, seguro, que no supe epatar al público); pueden verla aquí. O, ya puestos, podrían haber mostrado ustedes un vídeo mío para constatar que la sensibilidad y la emoción no están reñidas con la defensa del conocimiento sino todo lo contrario (dejo a continuación una grabación de una pieza de Johann Kaspar Mertz -siglo XIX-, para que no se diga que no tengo sentimientos). Y es que la emoción se encuentra precisamente en el conocimiento. Es este el que nos produce emoción y es a través de esta emoción como aprendemos a apreciar la belleza.


domingo, 13 de noviembre de 2016

Sor Lucía me saca la roja


Pues al final me he llevado me he llevado la tarjeta roja. Menudo disgusto llevo...

Ayer sábado me enteré de que se iba hablar de Contra la nueva educación en Telecinco, algo que ya de entrada le genera a uno cierta tensión... Sor Lucía Caram, la popular monja, era la invitada a la primera emisión del nuevo programa de Mercedes Milá, titulado "Convénzeme" (sí, con Z "de Zweig -la posmodernidad...-), en el que se recomiendan y desaconsejan libros. Y, claro, lo he visto. Total... Debo decir que hasta que no ha aparecido en pantalla la mediática religiosa y ha levantado con gesto displicente un ejemplar de mi libro, tenía dudas acerca del juicio que iba a hacer de él. Incluso pensaba que lo mismo lo ponía bien (lo que no tenía tan claro es si una valoración positiva me beneficiaría o me perjudicaría). Tiempo atrás, Caram había hablado mal del libro (sin haberlo leído, lamento recalcar), aunque después de haberlo hecho, reconoció haber encontrado en sus páginas "grandes coincidencias", opinión favorable que ratificó poco más tarde con un vídeo que ella mismo grabó (libro en mano) y subió a su cuenta de Twitter, recomendado su lectura (he aquí el impactante testimonio). 

Hoy, sin embargo, en la tele, con Mercedes Milá (aquí la intervención completa), Sor Lucía ha sido bastante menos afectuosa conmigo y ha preferido decir que el libro no vale la pena ("corrosivo", lo ha llamado"), exactamente lo contrario que había afirmado públicamente (espero que se deba a un repentina muda de postura y no al incumplimiento del Octavo Mandamiento). No pasa nada, todos podemos cambiar de opinión y Sor Lucía está en su perfecto derecho, pero el argumento me ha parecido un tanto endeble, primero porque lo que no le ha gustado (o ha descubierto que no le gusta) es mi "atrevimiento" por haberme "metido con Eduard Punset" (cualquiera diría que he criticado a Severo Ochoa) y, segundo, porque los extractos del libro que citaba no eran míos (ya quisiera) sino de Antonio Muñoz Molina y del maravilloso prólogo que me escribió. 

En fin, que Sor Lucía me ha expulsado y con roja directa. Eso sí, "con Z de Zweig".

jueves, 10 de noviembre de 2016

Trabajando en un nuevo libro


Dijo Ana María Matute que escribir es siempre protestar, aunque sea de uno mismo. A veces tengo la sensación de que eso es lo único que hago: protestar. Pero no pienso justificarme porque protestar no es otra cosa que declarar o manifestar un propósito. La alternativa es conformarse. Y yo no me conformo. ¿Cuál es mi propósito? Aprender de lo que leo, observo, vivo o escucho. Trasladar al papel (o al documento o a la pantalla) mis reflexiones me sirve para tratar de ser un testigo más ¿honesto? de lo que ocurre (protestar viene del latín protestari, formado por el prefijo pro -ante- y el verbo testari -testificar-), para intentar, en definitiva, comprender mejor el mundo y encajar un poco mejor en él.

Inmerso en el proceso de escritura de mi segundo libro, voy teniendo claro qué quiero contar y cómo deseo hacerlo. Me queda afinar, desarrollar las abundantes ideas que todavía se amontonan, como si no estuvieran por la labor de ponerse de acuerdo, y avanzar.

Tengo la inmensa suerte de volver a contar con la confianza de Jordi Nadal y María Alasia, de Plataforma Editorial, y la respuesta positiva (y amabilísima) de quien escribirá el prólogo de este ensayo. De nuevo, un lujo.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Tertulia en el programa de Carlos Alsina


Ayer tuve el placer de charlar sobre la "huelga de deberes" en el programa de Carlos Alsina  Más de uno, en Onda Cero. También participaron en la tertulia: Nacho Cardero (director de El Confidencial), el periodista de La Razón Toni Bolaño, Rubén Amón (colaborador en El País, Antena 3 y Onda Cero) y el escritor y columnista de El Mundo Raúl del Pozo, además de otro invitado con el que me alegró mucho coincidir: Gregorio Luri.
La conversación puede escucharse aquí. Y aquí, un corte de mi intervención en Noticias Mediodía (0:08:12).

miércoles, 2 de noviembre de 2016

"Solo el esfuerzo en el aula puede compensar la desigualdad social". Entrevista en ABC


Entrevista de Carlota Fominaya para ABC, que transcribo a continuación.

Guitarrista clásico. Musicólogo. Profesor de Instituto. Así se define en su perfil de Twitter Alberto Royo, autor del libro «Contra la nueva educación», donde hace una ácida crítica a las nuevas corrientes que inundan el sector de la enseñanza. Página tras página, el autor repasa los principales dogmas pedagógicos posmodernos, y elabora una defensa apasionada, pero no pasional, de una instrucción pública «que sirva de palanca para la mejora personal de los alumnos y esté alejada de propuestas excéntricas mejor o peor intencionadas».

—¿Es prudente que un país que se encuentra a la cola de la OCDE en educación, y tiene tal tasa de abandono, centre casi todos sus esfuerzos en imponer la lengua de Shakespeare?

—Cuento en el libro cómo el actor argentino Ricardo Darín explicaba en una entrevista por qué no ha querido trabajar en Hollywood: porque pensar en otro idioma es muy difícil y estaría renunciando a una herramienta muy valiosa. Este mismo razonamiento sirve para la enseñanza. La enseñanza del inglés (o del francés, alemán o chino…) debe suponer un plus, no una sustitución.

—Hay una corriente de pedagogos que insiste en acabar con la enseñanza tradicional. Pero usted defiende que el único sistema de resultados demostrados es el del aprendizaje a través de la lección tradicional o la clase magistral… ¿Cierto?

—No es que sea el único sistema válido, sino que un buen docente puede serlo utilizando una metodología tradicional o innovadora. Lo que defiendo es que se deje de presionar al profesor insistiendo en la necesidad de la innovación sin tener en cuenta si esta va a mejorar o no el aprendizaje. Hoy tenemos congresos de innovación, cursos de innovación, premios de innovación... el profesor que no innova es tachado de inmovilista, mientras se premian metodologías extravagantes. Déjennos a los profesores que hagamos uso de nuestra libertad de cátedra y enseñemos como mejor consideremos, según nuestra forma de concebir la educación. De lo que se trata no es de enseñar a lo antiguo o a lo moderno, sino de enseñar bien.

—Su libro «Contra la Nueva Educación» insiste en que las nuevas corrientes pedagógicas sobrevaloran la empatía y lo original frente al esfuerzo, la constancia o el rigor.

—Debemos recuperar certezas, convicciones. ¿Cómo? Recurriendo a la razón y a la experiencia. Entendiendo que nada hay más reaccionario que un sistema educativo que iguale a todos en la vulgaridad. La cultura y el conocimiento se devalúan si se regalan, si no se pide a cambio interés y voluntad. Demostramos confiar poco en su valor si lo edulcoramos y aligeramos. Además es profundamente injusto socialmente hablando. Los alumnos que viven en un ambiente familiar donde hay cultura, conocimientos, absorben estos de manera habitual: leen en casa, escuchan música, visitan un museo, aprenden vocabulario, leen la prensa, comentan y escuchan comentarios de distintos temas… Mientras que los alumnos que se mueven en ámbitos social y económicamente difíciles solo pueden llegar a «aprender», a conocer estos saberes en la escuela. Si no se los dan allí, carecerán de ellos siempre y partirán con una desventaja notable.

—De estas corrientes, la más generalizada y más de moda hoy en día es la que aboga por la introducción de la educación emocional en todas las escuelas. ¿Qué le sugiere esto?

—Es posible porque nuestros dirigentes, con intención o no de idiotizar a la sociedad, no confían en el valor del conocimiento, así que, si el conocimiento no es importante y la escuela no es el lugar en el que transmitirlo ni el profesor quien lo atesora, toca buscar otras metas: una de ellas es la educación emocional, como si fuera posible separar la emoción de cualquier actividad que uno haga. Soy músico, ¿le parece que es posible enseñar mi asignatura sin emoción? Hay más emoción en el aria de las Variaciones Goldberg que en treinta congresos de educación emocional. No necesitamos una asignatura de educación emocional. Necesitamos educación, conocimiento y cultura.

—¿Qué opina de las recientes polémicas sobre la supresión de las reválidas y los deberes?

—No comparto en absoluto el argumentario que se está esgrimiendo contra las reválidas. Toda prueba es segregadora puesto que su propósito es comprobar quién ha alcanzado el nivel requerido y quién no. Decir que son franquistas es ridículo porque fue precisamente Franco quien las eliminó. Por fin, encuentro en todo esto una terrible confusión en cuanto a lo que debe ambicionar la escuela y una inquietante supeditación al «bienestar» inmediato del alumno (cuando el objeto de la educación no ha de ser este sino su formación) y, sobre todo, una profunda desorientación en las familias, que no son conscientes de que solo el esfuerzo puede compensar las desigualdades sociales de partida y entre los alumnos más desfavorecidos y menos capacitados. Por eso, me sorprenden las campañas que piden la supresión de los deberes (que bien diseñados, adecuados a la edad y en su justa medida, necesitan más que nadie los alumnos con dificultades) o la eliminación de exámenes, pruebas o reválidas.