"Celebración de un libro: Contra la nueva educación"



Mi colega Carlos Rodríguez Estacio ha tenido a bien glosar Contra la nueva educación. Y lo ha hecho de forma muy generosa. Yo se lo agradezco y transcribo aquí su amable reseña.
Celebración de un libro: Contra la nueva educación.
Uno de los mayores dramas de este país es la ausencia de un verdadero debate educativo. ¿Qué entiendo por verdadero debate? Pues aquel en el que cada parte pueda exponer razonablemente sus puntos de vista y, de este modo, hacer que el mejor argumento disponga de las mayores probabilidades de triunfar. En España no existe tal cosa. En gran medida, por una constelación de fuerzas que impone una determinada visión aneja a sus intereses. En efecto, entre los sectores con capacidad de influir en la opinión pública (especialmente los medios de comunicación) existe un acuerdo bastante generalizado, salvo en cuestiones menores (y, sí, daba la magnitud de la debacle, la religión ha pasado a ser una cuestión menor), acerca de los dioses pedagógicos a los que rendir tributo. No es extraño, pues, que estos dioses se hayan cronificado (en el doble sentido de hacerse crónicos y de derrocar al Saber, que, forzando la metáfora, sería el Padre que debiera dar sentido a todos los dioses de la pedagogía).
El profesorado, salvo alguna reacción aislada o poco significativa, no ha presentado apenas resistencia. Sencillamente rindió la plaza y se refugió en el ámbito privado, incluyendo en esta categoría la docencia. Desde cierta perspectiva, podríamos hablar de `traición´, muy en línea con la que Julian Benda denunció respecto de los intelectuales (en La trahison des clercs), sin que sirva de excusa la poderosa aleación de intereses mencionada arriba, o la existencia de una deriva semejante en otros países, o que, en definitiva, esa traición se haya producido principalmente por omisión. Como era de prever, esta actitud `silenciosa´ favoreció el avance de la barbarie y, a día de hoy, es frecuente incluso encontrar entre el profesorado una suerte de síndrome de Estocolmo, por el que interiorizan y hacen suyo el discurso que ha destruido su profesión.
Y, entonces, fue Alberto Royo. En primer lugar, ha escrito un libro luminoso, ágil de leer, por momentos hilarante, vigoroso, en el que toma partido con entusiasmo pero sin enredarse nunca en trifulcas estériles. Lo más valioso del libro es, sin duda, que arma el sentido común educativo y lo expresa en un lenguaje asequible a todos. Probablemente no exista, en este ámbito, ninguna tarea más urgente. Pero, además, y sobre todo, se ha atrevido a comparecer en “territorio comanche”, es decir, en los medios, aún en los más mediatizados, medrosos y mediocres.
Estoy seguro de que el coraje cívico que demuestra al intentar hacer mediática su defensa del conocimiento y de la enseñanza en un país tan dado al exabrupto, a la simplificación y a la etiqueta (no precisamente de gala) no es sino el material del que se hacen las grandes transformaciones sociales. Tampoco me cabe duda de los múltiples inconvenientes que ha tenido que padecer por ello. No es fácil en este país disentir de la línea buenista, tontigualitaria, demagógica y anti-intelectualista dominante. Pero él afronta estos asuntos a la manera de su admirado Atticus Fich, sin empeñar el hígado, con alegre determinación, convencido de que es lo que hay que hacer; y siempre, siempre señalando la luna, nunca el dedo. Él mismo advierte en las primeras páginas que la negatividad del título (Contra la nueva educación) no debe llamar a engaño, pues no se trata de “un libro de carácter agresivo” sino de “un acto de resistencia. De legítima defensa”. Y qué falta hace esa résistance como respuesta a la enseñanza `ocupada´.
Una excelente muestra de la ejemplaridad de su actitud es la aparición de personas dispuestas a seguir su legado. Ricardo Moreno Castillo tiene algunos años más que él, y el Panfleto antipedagógico es bastante anterior a su libro. Sin embargo, sólo ahora Ricardo parece haberse convencido de que es necesario exponerse a la intemperie mediática (o, después de todo, quizás sean los propios medios los que hayan cambiado de opinión y empezado a buscar docentes audaces para sus programas atroces). El tercer tenor –o mejor, mosquetero– que se ha unido recientemente a esta “profusión de riesgo” es Javier Orrico que, de la mano de su La tarima vacía, parece dispuesto a subirse a cualquier plató, escenario o ring, cuyos límites en este tema no siempre quedan claros (si no incluyo en esta terna al excelente Gregorio Luri, es debido a que considero su perfil más de carácter académico que estrictamente polemista).
Es de justicia celebrar la novedad: ¡aparecen profesores en debates educativos!, ¡se escuchan palabras sensatas sobre educación en la tele! Se ha instalado una pica en el corazón mismo del sistema. Por ello es necesario también felicitar a esta avanzadilla ilustrada e impenitente, que batalla contra la ignorancia, la creencia irracional y los dogmas (o sea, contra la nueva educación).
En consecuencia, no sólo los profesores de verdad sino la sociedad en su conjunto deberían agradecer a Alberto Royo, escritor, profesor, músico y joven –excelentes atributos donde los haya–, que se haya tomado la molestia. Savater decía –y yo lo comparto– que su epitafio favorito era el de Willie Brandt: “Se tomó la molestia”. Ojalá muchos otros nos tomemos también la molestia y empecemos a ver la luz al final de un túnel con más de 25 años-sombra de extensión.

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