sábado, 2 de diciembre de 2017

"Profesores", en Diario de Navarra

Mi artículo "Profesores", hoy , en Diario de Navarra.

Profesores

El diario El Mundo editorializaba hace unos días sobre los profesores. A mí, que se hable de nosotros me genera a veces desconfianza. Suelo acordarme del Agente Moxley, del FBI, que perseguía a Robert De Niro en la película “Huida a medianoche” y siempre preguntaba, receloso, cuando le traían noticias: “¿Me voy a cabrear?”. Y, en efecto, se cabreaba, porque siempre eran noticias desfavorables. No me tengo por agorero (es algo que un profesor no puede permitirse), pero sería de agradecer que los medios de comunicación, de cuando en cuando, reconocieran nuestro trabajo, capacidad y compromiso. El de los profesores “normales”, no el de las estrellas del espectáculo pospedagógico. El de los profesores que queremos hacer algo tan provocador como enseñar nuestra asignatura, sospechosos de mirar únicamente por nosotros y por aquello que enseñamos, cuando pocos trabajos hay  más volcados a los demás que el nuestro. Quisiera comentar algunas afirmaciones de este artículo titulado “El docente, eje del debate educativo”, comenzando por desmentir que lo seamos. Porque no lo somos, aunque debiéramos serlo. Ni los profesores que conozco, que no son pocos, ni yo, hemos sido consultados jamás de cara a ese pacto de Estado, seguramente porque estamos dando clase y eso nos invalida como “expertos educativos”, que, como todos ustedes saben, son aquellos que no dan clase.

Se decía también en el texto que los profesores nos enfrentamos a “situaciones incómodas” por la pérdida de “autoridad” y de “disciplina”. Pero no ayuda que algunos medios abanderen campañas “new-age”, concedan el mismo valor a la opinión informada que a la desinformada o publiciten pedagogías poco serias que menoscaban de facto nuestra autoridad profesional y que confunden disciplina con sumisión y autoridad con tiranía, cuando ni la autoridad ni la disciplina están reñidas con el inexcusable respeto al alumno, la deseable cercanía y la preocupación de todo buen docente por sus estudiantes.

Tampoco puedo compartir la idea de que los profesores nos sentimos insatisfechos por “tanto cambio legislativo”, pues no lo ha habido. Seguimos con la filosofía de la ley del mínimo esfuerzo, del igualitarismo a la baja, con el añadido del sometimiento a las leyes de la Utilidad y la Empleabilidad de unos, que se suman al Buenismo ingenuo y meramente estético de otros. La insatisfacción de los profesores no proviene de los cambios de leyes. Proviene de la incomprensión, de la exigua consideración social, del hecho de que en lugar de facilitársenos el trabajo, se nos pongan trabas, del poco tacto con que a menudo se nos trata.

Es cierto, como se recogía en el editorial, que algunas familias ponen en duda nuestros métodos didácticos (discusión absurda, pues la diversidad metodológica es tan amplia, no solo entre los profesores sino dentro de un mismo profesor, que recurre a estrategias muy distintas según los contenidos que va a impartir o las circunstancias y características de sus alumnos, que difícilmente las familias podrían conocer el método de cada uno de nosotros), y no menos absurda por el hecho de que quien entiende de este asunto es el profesional de la enseñanza y no el aficionado, el beneficiario o el interesado. Estoy igualmente de acuerdo en que el alumno es el principal responsable del éxito y del fracaso académico, y que ni se puede “culpar de sus malos resultados al profesor” ni restarle mérito por los buenos. Pero flaco favor nos hace el que, reconociendo esto, carga contra el profesor por su supuesta carencia de formación didáctica. Precisamente el excesivo énfasis en lo procedimental ha sido uno de los errores más graves que se han cometido en la enseñanza. No necesitamos más didáctica porque la didáctica se encuentra en nuestra propia práctica docente y no es otra cosa que la manera en que enseñamos. Y que esta didáctica sea más o menos eficaz depende de nuestro dominio de la materia, de nuestras ganas de enseñar, de nuestra experiencia en el aula, de las condiciones de trabajo de que dispongamos y del interés y capacidad de nuestros estudiantes.

Si, como alguien dijo, “educa toda la tribu”, tratemos de ir todos en la misma dirección. Si se quiere saber qué ocurre en las aulas, qué problemas tenemos, cómo se podrían solucionar, pregúntesenos a los expertos de verdad, a los que día a día nos batimos el cobre intentando enseñar a nuestros alumnos adolescentes, sin perder el ánimo, procurando despertar su interés y adaptarnos a sus escasos hábitos, que dificultan ya lo bastante nuestra labor como para tener que contrarrestar también un ambiente social en el que el mérito no es valorado y se tiende siempre al facilismo. Por mucho que hablemos de sociedad del conocimiento, lo que de verdad se echa en falta es una cultura del conocimiento, la admiración a quien sabe más porque fijarnos en él o en ella es el mejor estímulo que podemos encontrar para mejorar. Y urge propiciar con decisión las condiciones adecuadas para que esa transmisión de conocimiento (en su más amplia extensión, englobando los contenidos, procedimientos, hábitos y valores contenidos en el propio conocimiento) que ha de proporcionar la escuela para amparar la igualdad de oportunidades, se produzca con unas mínimas garantías. Prestígiennos. Los profesores de a pie no pedimos premios ni ovaciones. Solo queremos que se cuente con naturalidad y consideración lo que hacemos y la importancia de lo que hacemos.

Alberto Royo es guitarrista clásico, musicólogo, escritor y profesor en el IES Tierra Estella.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

El eje del mal



Hoy, el diario El Mundo editorializa sobre los profesores. “¡Bien!”, dirán algunos. ¡”Qué importante es que se hable de los docentes en los medios!”, exclamarán otros. A mí, sin embargo, que se hable de nosotros siempre me genera suspicacias. En estas situaciones, suelo acordarme del Agente del FBI Alonzo Moxley, que perseguía a Robert De Niro y Charles Grodin en la película “Huida a medianoche”, aquel que siempre preguntaba, receloso, cuando le traían noticias: “¿Me voy a cabrear?”. Y, en efecto, se cabreaba, porque siempre eran noticias desastrosas. No me tengo por agorero, pero la verdad es que son pocas las ocasiones en las que un medio de comunicación ensalza nuestro trabajo, nuestra capacidad o nuestro compromiso (hablo reconocer la labor de profesores “normales”, no de ensalzar y aplaudir a mediáticos y estrellas del espectáculo pospedagógico). Lo habitual es que, cuando se hace referencia a los profesores “normales”, sea para colocarnos en el “eje del mal”, como han hecho Bush o Trump. En esta batalla artificial entre el Bien y el Mal, nosotros, los profesores que queremos hacer algo tan provocador como enseñar con rigor nuestra asignatura, somos los malos, siempre sospechosos de no cumplir, de mirar únicamente por nosotros, cuando pocos trabajos más volcados a los demás hay que el nuestro. En el artículo mencionado, titulado “El docente, eje del debate educativo”, se cometen algunas “imprecisiones” que, como protagonista diario de ese “eje” del que hablan, me gustaría aclarar.

1ª. No hay que olvidar que los profesores son el eje en torno al cual giran los debates del pacto de Estado por la Educación que negocian los principales partidos políticos en el Congreso.

Si no fuera porque no tiene maldita la gracia, uno se carcajearía al leer algo así. La verdad es que ni los profesores que conozco, que no son pocos, ni yo, hemos sido consultados jamás de cara a ese pacto de Estado por la Educación, seguramente porque estamos dando clase y eso nos invalida como “expertos educativos”, que, como todos ustedes saben, son aquellos que no dan clase.

2ª. Es cierto que muchos profesores han de enfrentarse a incómodas situaciones en sus centros, debido, en primer lugar, a la pérdida de autoridad en las aulas, en las que resulta casi imposible imponer una mínima disciplina.

Seré generoso y aceptaré “incómodas situaciones” como eufemismo, pero sería más exacto decir que muchos profesores NO PUEDEN TRABAJAR. ¿Demasiado crudo, negativo, catastrofista? Quizás, pero si un profesor no puede impartir clase, es que no puede desarrollar su trabajo. Claro que se ha perdido autoridad y claro que falta disciplina, pero no ayuda que los medios de comunicación abanderen demasiado a menudo campañas new-age, concedan el mismo valor a la opinión informada que a la desinformada o publiciten pedagogías poco serias que menoscaban de facto la autoridad docente y que confunden disciplina con sumisión y autoridad con tiranía.

El continuo cambio legislativo, además, aumenta su insatisfacción.

No es cierto que haya habido tanto cambio legislativo. Seguimos con la filosofía de la ley del mínimo esfuerzo, del igualitarismo a la baja, con el añadido del sometimiento a las leyes de la Utilidad y la Empleabilidad Ultraliberales, que se suman al Buenismo progre-rancio. La insatisfacción de los profesores no proviene de los cambios de ley: proviene de la incomprensión y de la falta de consideración social, del hecho de que en lugar de facilitársenos el trabajo, se nos pongan trabas, del poco tacto, del poco respeto con que se nos trata.

4ª.La actitud de muchos padres, cuestionando los métodos didácticos y culpando exclusivamente a los docentes de los malos resultados de sus hijos, contribuye a crear una imagen de desprestigio profesional. (…) Tal y como algunos especialistas han apuntado, es necesario revisar la selección y la forma de acceso del profesorado. En este caso, la implantación de un MIR educativo permitiría, como ocurre en otras profesiones, formar durante años a los candidatos, previamente seleccionados mediante oposición.También están en cuestión los planes de estudios de los que aspiran a ser maestros y profesores, cuyos contenidos tendrían que actualizarse y ampliarse, para reforzar la formación del profesorado. Una formación, que no debería abandonarse a lo largo de la carrera profesional de los docentes.

Es cierto que algunas familias ponen en duda los métodos didácticos que empleamos los profesores (discusión absurda, pues la diversidad metodológica es tan amplia, no solo entre los profesores sino dentro de un mismo profesor, que recurre a estrategias muy distintas según los contenidos que va a impartir o las circunstancias y características de sus alumnos, que difícilmente las familias podrían conocer el método de cada uno de nosotros), y no menos absurda por el hecho, controvertido en esta sociedad gaseosa, de que quien entiende de este asunto es el profesional de la enseñanza y no el aficionado, el beneficiario, el interesado o el "enterado". También lo es (cierto) que el alumno es el principal responsable del éxito y del fracaso académico, y que ni se puede culpar de sus malos resultados al profesor, ni restarle mérito por los buenos. Pero flaco favor nos hace el que reconoce esto y, al mismo tiempo, vuelve a cargar contra el profesor y su supuesta falta de formación, mezclado además formación y sistema de acceso, que no son lo mismo. Sobre el sistema de acceso, podríamos hablar mucho, pero no es el momento. Sobre la formación, intuyendo por dónde irán los tiros, precisamente el énfasis en lo procedimental  ha sido uno de los errores más graves que se han cometido, luego, si es parte del problema, no puede ser la solución. Sencillamente, el profesor no necesita más didáctica porque la didáctica se encuentra en la propia práctica docente y no es otra cosa que la manera en que este enseña. Y que esta didáctica sea más o menos eficaz depende directamente del dominio de la materia de la que el profesor es especialista, de su experiencia en el aula, de su personalidad, de su compromiso, de las condiciones laborales de que disponga y del interés y capacidad de sus estudiantes. En cuanto la formación, estamos de acuerdo en que un docente siempre ha de estar aprendiendo. Sería bueno que las administraciones educativas nos permitieran hacerlo, en lugar de ofertarnos, por lo general, cursos pseudocientíficos y estrafalarios. A ellas habrá pues que reclamar, y no a nosotros.

5ª. Coincide también la comunidad educativa en que ha de incentivarse a los profesores y a los centros que mejores resultados obtengan (…) Los docentes que mejor lo hacen deben cobrar más que los que no están interesados en progresar.

¿Y exactamente qué miembros de la “comunidad educativa” consideran que hay que pagar a unos profesores que a otros? ¿Padres, madres, conserjes, administrativos, alumnos…? ¿En base a qué criterios, si puede saberse? ¿Qué “objetivos” nos van a marcar a los profesores? ¿Porcentaje de aprobados? Recuerdo que esto si hizo ya en Andalucía, que no parece haber mejorado mucho. La idea se bautizó como “orden de soborno”. ¿Cuál ha de ser mi objetivo como profesor? ¿Debo conseguir muchos aprobados, muchos notables, pocos suspensos…? ¿O debo conseguir que mis alumnos aprendan? ¿Hay que vincular “buen trabajo” y “buenos resultados”? ¿Cómo? ¿Y quién decidirá que trabajo bien? ¿Algún experto-inexperto? ¿La APYMA del centro? ¿2ºC? ¿Luis Garicano?

Por favor, hablen menos de nosotros y ayúdennos más. O por lo menos, no nos perjudiquen. Y si no son capaces de opinar con seriedad y conocimiento de causa sobre un asunto tan esencial como la educación, pregúntennos a los profesionales, a los expertos de verdad, a los que cada día, de lunes a viernes, nos batimos el cobre intentando enseñar a nuestros alumnos adolescentes, cuyo desinterés y falta de hábitos generalizados dificultan ya bastante nuestra labor como para tener que contrarrestar también un ambiente social en el que el mérito no es valorado y se tiende en todo momento al facilismo. Por mucho que hablemos de sociedad del conocimiento, lo que de verdad se echa en falta es una cultura del conocimiento. No hay respeto al que sabe ni al saber. Y no se dan (ni se quieren propiciar, por lo visto) las condiciones adecuadas para que la transmisión de conocimiento (en su más amplia extensión, englobando los contenidos, procedimientos, hábitos y valores contenidos en el propio conocimiento) que ha de garantizar la escuela, se produzca con unas mínimas garantías. Prestígiennos. No pedimos premios ni ovaciones. Solo queremos que cuenten con naturalidad y una poca consideración lo que hacemos y la importancia de lo que hacemos.

martes, 21 de noviembre de 2017

"La sociedad gaseada". Javier Orrico reseña "Contra la nueva educación" y "La sociedad gaseosa"


Es un honor que Javier Orrico, uno de los grandes adalides de la lucha por una verdadera instrucción pública, haya reseñado mis dos ensayos.

Desde aquí, mi agradecimiento a Javier por haber leído y comentado estos libros en los que tantas energías he volcado. Que personas como él respalden lo que uno defiende es, sin duda, motivo más que suficiente para continuar en la lucha.  Dice Javier Orrico:

Alberto Royo, profesor de instituto –antiguo y nobilísimo oficio, hoy en extinción- de Música y reconocido concertista de guitarra, publicó en 2016 su libro “Contra la nueva educación” , que tuvo una excelente acogida y dio lugar a un segundo, “La sociedad gaseosa” , en el que sitúa el desastre educativo de los últimos treinta años en el contexto de liquidación de “todo lo que era sólido” (Antonio Muñoz Molina) que nos había traído la posmodernidad.

¿Qué era esa nueva educación a la que se enfrentaba Royo, harto del despliegue de santurronería e ignorancia por el que se deslizaban sin remedio los medios de comunicación, las administraciones y los políticos ansiosos de hacerse fotos (excusen la redundancia) con los nuevos gurús pedagócratas?

Esencialmente, una promesa de felicidad. Y ante eso, Royo, y con él, todos los que alguna vez creyeron en el poder de la instrucción y la cultura, y en el esfuerzo virtuoso para alcanzarlos (es decir, todos los que acaso dudaban del contenido problemático de la felicidad, pero sí sabían del contento profundo de un hombre que se ha hecho mejor a sí mismo gracias al estudio), se convirtieron, nos convertimos, en cadáveres, muertos en vida, eso que ahora, no por casualidad, la era del vacío ha puesto tan de moda: los zombies.

La razón de Alberto, la defensa de la satisfacción pospuesta que da lograr, gracias al sacrificio y al trabajo, el dominio de una disciplina, no podrá competir jamás con los nuevos maestros de primaria salidos de las facultades de Felicidad Inmediata -cuyas ideas ya han conquistado también los institutos de enseñanzas medias, y hasta la universidad-, como César Bona, el autor de “La nueva educación”, que es el actual texto sagrado de la eternamente renacida, y ya más que antigua, renovación pedagógica. Más incluso: he escrito “la razón” de Alberto, y ese es otro camino cegado, pues ya no es la razón la que ha de imperar en las aulas, sino la emoción.

En efecto, el fin de la enseñanza (que por eso ya no se llama así, sino educación) no es hoy la instrucción y la aplicación de la razón al conocimiento de las humanidades y las ciencias. Ya no se trata, pues, de transmitir nuestra cultura, miles de años de conocimientos acumulados en la lucha por entender el mundo y entendernos en él, sino de educar las emociones para que conduzcan al niño y al joven a un estado de beatitud que le permita discurrir por la vida sabiendo hacer cosas, pero sin preguntarse por ellas, competente y feliz.

Así estarán dispuestos para vivir en un mundo sin contradicciones, sin adversidad, sin dolor, sin crueldad, sin cuentos donde haya malos que se comen a los niños (los únicos malvados serán los aficionados a los Toros), ni relatos donde los hombres deban tomar decisiones morales. Un mundo donde nadie se hará preguntas ni se dedicará a actividades inútiles como la poesía, la música o la física teórica. Un mundo donde todo será aplicable, práctico, productivo, útil. Un mundo donde todos tendrán enormes talentos naturales que no habrán tenido que cultivar. El regreso de Adán al nuevo Paraíso bajo la plena protección de la APP de Dios.

Por supuesto, nadie les habrá contrariado nunca; nadie los habrá fortalecido ni entrenado ni preparado para enfrentarse al dolor o la crueldad de la vida. Ya no habrá profesores. Ya no puede haber, ya no hay: sólo acompañantes emocionales, mediadores hacia un conocimiento que el alumno construye solo, protagonista único de su propio aprendizaje. Así hablan en la nueva educación. Hay colegios de infantil donde a los niños los llevan con sus pijamas, batas y zapatillas para que no noten el cambio de su casa a la escuela.

Nadie tampoco les dirá ya nunca que si no practican la guitarra durante horas, la guitarra no suena. Se trata de que no aspiren nunca más a morder la manzana. A conocer. De que permanezcan para siempre en el estado de naturaleza del que nunca debieron apartarse. De que jamás vuelvan a soñar con la emancipación.

Y para ello, los nuevos ángeles a los que Alberto se enfrenta en estos libros en singular combate, los predicadores de la nueva educación emocional y en valores, los youtuber y los influencer y los bilingual y los psicopedas adaptadores y los comisarios lingüísticos y los políticamente correctos y los policías al servicio de la nueva diversidad y los ludotontos y los ticnólogos y los didactas y los inspectores estandaristas y los políticos ineptos, en fin, todos los charlatanes del nuevo Paradiso, regido finalmente por una ingente Burocracia Iluminada, les alimentarán cada día a través de las pantallas con sus constantes innovaciones, destinadas a mantenerlos en el aletargamiento feliz. Sin responsabilidad. Sin culpa.

Eso es lo que Royo ha nombrado como la sociedad gaseosa. En la línea de Bauman y su “modernidad líquida”, y del ya citado Muñoz Molina, nos pone con sus dos libros delante de un dilema, que, sin embargo, me parece sólo aparente: ¿Es la “nueva educación” el lógico correlato de la sociedad que hemos creado o es la “nueva educación” la que la está creando? No me cabe duda de que el crecimiento de los populismos en España, el nacionalismo el primero, se han originado sobre el vacío de una enseñanza que ya no enseña. ¿Cómo podría nadie, conociendo su historia, sumarse a la repetición de los horrores del siglo XX?

Es ahí, sobre el gas letal de la falta de toda referencia verdadera, donde han crecido los profetas que vienen a ofrecer las religiones sustitutas. Las que han dejado sin defensas a buena parte de nuestra juventud y, sobre todo, han extirpado la jerarquía de la verdad sobre la mentira, del saber sobre la ignorancia, de los hechos sobre las emociones, abriendo las puertas en plenitud a la manipulación y a esta nueva sociedad gaseosa y gaseada (y ga-sedada), donde los gaseadores, los charlatanes de la felicidad, como siempre, verán crecer sus rentas mientras trabajan para que las masas nunca dejen de serlo.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Entrevista. "El conocimiento es el que nos hace más libres y nos permite ser creativos, críticos e independientes".





Sonia García Gómez, secretaria de comunicación estatal del sindicato ANPE, me pidió este verano una entrevista, a propósito de Contra la nueva educación y La Sociedad Gaseosa. Hablamos de muchas más cosas, claro. Acaba de publicarse y aquí está, por si interesa.

martes, 7 de noviembre de 2017

"La sociedad gaseosa", en el blog de Gema Lendoiro


La editora y periodista Gema Lendoiro ha tenido la gentileza de dedicar en su blog unas palabras a La sociedad gaseosa:

Llevaba tiempo barruntando el asunto y dos cuestiones se me han juntado, por un lado me he leído el magnífico libro La sociedad Gaseosa de Alberto Royo (ED. Plataforma Actual), que tiene mucho de enlazable hacia lo que estoy tratando de expresar: El triunfo de la inmediatez es lo que ha generado jóvenes que cazan sin hambre, sociedades que, al mínimo contratiempo, se derrumban y encuentran en el pesimismo y la queja y en el echar la culpa siempre a los demás, la mejor y única forma de expresión. Es el caldo de cultivo perfecto para el triunfo de los populismos (de izquierda y derecha) que siempre están dispuestos a ofrecer el maná gratis cuando nada existe en esta vida gratis (lo que tú no pagas, alguien lo hace por ti). Es lo que se les enseña desde niños, en hogares y aulas. Creemos niños felices, que aprendan jugando, que no se agobien, que no sepan qué es el esfuerzo, que eso ya lo vivirán de mayores. ¿Cómo si no lo han aprendido?

El texto completo, aquí.

martes, 31 de octubre de 2017

En "Las nueve musas", "Gigantes intelectuales".



Las nueve musas ediciones es un semanario de artes, ciencias y humanidades. Acaba de publicar un texto en el que se hace referencia a mis dos ensayos: Contra la nueva educación y La Sociedad Gaseosa. Dejo aquí dos párrafos en los que se mencionan algunos de mis planteamientos:

(...) sin reclamar ningún autoritarismo anacrónico de tiempos pretéritos, hay elementos de nuestra larga tradición educativa totalmente válidos que, modernamente, son puestos en cuestión de forma insensata y disparatada, con cierto esnobismo, constituyendo esa vacuidad ramplona propia de la sociedad gaseosa[5] –que llega a vincularse a cuestiones emotivas o a seudociencias new age– que tan bien denuncia el profesor Alberto Royo[6], entre otros, en la medida en que es una crítica razonada a esa (seudo)pedagogía que desprecia el conocimiento y la cultura y apuesta, como dice este autor, por la felicidad ignorante y la empleabilidad de ocasión.

Muchos habrán de coincidir al menos en que es certero en la crítica a esa despersonificadora y uniformante búsqueda de la rentabilidad (efímera) y al desprecio de la tradición, con una obsesión innovadora que se vuelve perniciosa cuando ve la innovación como un fin en sí mismo y no como un medio, fomentando el consumismo sin criterio –o peor aún, teledirigido- y contribuyendo a una especie de educación placebo que supone el arrinconamiento de las humanidades mientras crece el apego por el escaso rigor de la seudociencia o la autoayuda que poco tiene de ayuda en cuanto a la adquisición de conocimientos y cultura por parte de los jóvenes, quienes, muchas veces, pese a lo que algunos pretenden hacer creer, desean con más ganas de lo que pueda parecer aprender lo que desconocen –aunque cada uno tenga sus gustos, preferencias, aficiones, destrezas, habilidades, etc.- que en ser entretenidos con palabrería vacua e inconsistente que solo conduce en tristísima deflación exangüe a la nada más absoluta (...).

El texto completo puede leerse aquí.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Mi intervención en el debate "La escuela del mañana. Evolución o ruptura"


Después de la mesa redonda celebrada ayer en el Auditorio CIVICAN de Pamplona, dejo un texto que refleja aproximadamente en qué consistió mi intervención, a partir de las tres preguntas que se nos plantearon.

1. ¿Cuáles son las bases pedagógicas del modelo educativo que defendéis?

Desde el punto de vista de las ideas, entiendo la enseñanza, en función de mi responsabilidad como profesor de instituto, como una parte fundamental de la educación del individuo, consistente en la transmisión de una serie de conocimientos que, por complejos y específicos, solo pueden ser transmitidos por un especialista y en el ámbito académico. Esta tarea tiene unas evidentes connotaciones sociales, por el valor intrínseco del conocimiento y por la propia concepción de la escuela como vehículo de ascenso social. Desde el punto de vista de la didáctica, considero que el fin de la escuela es trabajar para lograr la mejor versión de cada alumno, o lo que es lo mismo: garantizar (o hacer lo posible por garantizar) que cada alumno será capaz de llegar al máximo de lo que su capacidad y actitud le permitan, garantizando igualmente el apoyo necesario al que tenga mayores dificultades. Para lograr esta aspiración, defiendo la libertad de cátedra y la libertad metodológica, porque entiendo que es el profesional de la enseñanza el que mejor sabe qué estrategia es la más adecuada para conseguir sus objetivos, adaptándose siempre a cada circunstancia, en un proceso continuo de reflexión, actualización y revisión. Y reivindico una cierta normalidad a la hora de explicar lo que los profesores hacemos, que no tiene por qué ser espectacular o asombroso sino que más bien es artesanal, modesto y pasuado y requiere sobre todo conocimientos, mano izquierda, compromiso, entusiasmo e ideas claras.

2. ¿Cuáles creéis que son los principales retos educativos de los próximos años?

No creo que los retos de la educación del futuro sean distintos de los que afrontaba la educación del pasado. Pienso que hoy, igual que ayer, una persona formada siempre será menos manipulable que una persona ignorante. Pienso también que el espíritu crítico está estrechamente relacionado con una formación académica solvente, como lo está la creatividad o las habilidades sociales. Es más fácil que un ciudadano culto sea empático, solidario o imaginativo que alguien que no tiene una base sólida de conocimientos. Por todo esto, me parece un error pensar que los retos educativos dependen de la época, de las tendencias o de las modas. La enseñanza ha de ser atemporal, como los clásicos. Precisamente, ante el exceso de inmediatez y superficialidad de nuestro tiempo, la escuela debe ser capaz de mantenerse como una institución sólida y de algún modo impermeable, no para cerrarse a la sociedad sino para dejar pasar solo lo más valioso de esta. En mi opinión, el principal problema que nos encontramos hoy en la enseñanza es la confusión. Pondré algunos ejemplos:

a.- Esforzarse y sufrir no son lo mismo. Nadie busca el sufrimiento de nadie, pero es imposible aprender sin esfuerzo. La exigencia, en este sentido, es irreemplazable.
b.- Educar las emociones es una redundancia, puesto que el conocimiento ya es en sí mismo emocionante.
c.- Aprender, saber, puede contribuir a la felicidad, pero el fin de la escuela no puede ser proporcionar felicidad sino conocimientos.
d.- Si convertimos la institución escolar en un centro de terapia, o si pretendemos que la labor del profesor deje de ser docente y pase a ser asistencial, estaremos abandonando a quienes realmente necesitan terapia y ayudas específicas y dejando de atender profesionalmente a los que buscan conocimiento.
e.- De manera similar, si apostamos por entretener en lugar de formar, solo aquellos que dispongan en su entorno de cierto nivel cultural, podrán acceder a él. El entretenimiento está casi en cualquier parte; el conocimiento y la cultura, no.
f.- Solo aquel que ha enseñado puede considerarse experto en educación.
g.- Es urgente apelar a la naturalidad y a la confianza en la educación. Naturalidad para asumir de qué forma uno aprende. Confianza para encomendar a los profesores la formación de nuestros hijos.
h.- Innovar no es bueno ni malo. Depende. Lo sensato es conservar aquello que es valioso y que funciona razonablemente bien y modificar lo que se ha demostrado ineficaz.
i.- La educación no puede ser un banco de pruebas ni los alumnos y profesores conejillos de indias. Toda propuesta pedagógica seria ha de estar avalada por la experiencia y respaldada por la evidencia. Da igual que hablemos de los estilos de aprendizaje, de las inteligencias múltiples o del brain-gym.
j.- No hay nada más estimulante para un alumno que comprobar que progresa, que aprende, que evoluciona. La motivación está, pues, en el mismo conocimiento. Aprender es, en cierta manera, adictivo.
h.- Ni el conocimiento ni la inteligencia son democráticos. No todos tenemos la misma capacidad ni necesitamos las mismas dosis de esfuerzo. El más capaz, con menos, aprende enseguida; el menos capaz, tendrá que esforzarse más. Pero en todo esto hay algo de justicia: alguien menos capaz pero más perserverante que otro, podrá alcanzarle e incluso llegar más lejos que él.
i. El aprendizaje cooperativo puede ser útil, siempre que no sustituya al imprescindible trabajo individual.
j.- Internet es una fuente de información provechosa para quien tiene una base de conocimientos. Para quien no, es una magnífica manera de desorientarse.
h.- Ningún profesor que sabe poco, puede enseñar bien.
i.- Lo rápido y lo cómodo no siempre son lo mejor. El reto del aprendizaje es que lleva tiempo y esfuerzo.
j.- El ejercicio intelectual nunca es pasivo.
h.- Los hábitos son indispensables para poder aprender. Cuando antes se tengan, menos traumático resultará.
i.- La enseñanza es una labor discreta y de resultados tardíos. Uno siembra curiosidad y gusto por aprender, trata de contagiar entusiasmo y de generar expectativas, con la intención de que en la mayoría de los alumnos cale y suponga una influencia positiva para ellos.
j.- Para madurar, es el alumno el que ha de ir adaptándose al entorno y no al contrario. Acomodar todo al estudiante es, en mi opinión, un grave error.
k.- Preocuparnos por nuestros hijos no es hacerlo solo por su bienestar.
l.- Las buenas intenciones no tienen por qué dar buenos resultados.

3. ¿Qué consideráis que es prioritario cambiar del actual modelo educativo?

Aludiendo al título de esta mesa redonda, creo que la enseñanza no debe apostar por la ruptura sino por la evolución, pues toda renovación ha de basarse en lo conocido, bien como inspiración, bien como diferenciación. Solo desde el profundo conocimiento de lo que uno se trae entre manos es posible trascenderlo para mejorarlo. Así que si, sin entrar en detalles, pues ya he ido dejando pinceladas de mi planteamiento, me parece urgente reclamar que el debate educativo esté guiado por la racionalidad y que se apueste más por lo sensato que por lo mediático. Solo con esto, habríamos ganado mucho. En cuanto al modelo educativo actual, lo primero que hay que aclarar es que desde el año 90, con la implantación de la LOGSE, apenas ha habido cambios. Podríamos decir que seguimos con aquella ley, aunque matizada en sucesivas normativas que en ningún caso han modificado el espíritu de aquello. Luego criticar la LOGSE sin hacer lo propio con la LOMCE, o viceversa, en un ejercicio de maniqueísmo. Dicho esto, creo que algunas ideas que podrían mejorar nuestro modelo educativo son:

- Situar al conocimiento y no al alumno como centro del sistema.
- Eliminar la promoción automática y reconocer el mérito del buen estudiante.
- Considerar la igualdad como punto partida y no de llegada, proporcionando los medios necesarios para que los alumnos con dificultades puedan progresar sin tener que bajar el nivel de todos.
- Entender que es absurdo asignar el papel de experto a personas sin experiencia en el aula y decidir en función de las opiniones de los únicos expertos en la enseñanza, que somos aquellos que la ejercemos.
- Recuperar la confianza de algunas familias en el compromiso y buen hacer del profesor.
- Prestigiar el saber y la cultura a nivel social.
- Tratar la enseñanza de manera seria y responsable, sin frivolidades ni ocurrencias que le confieren más un cariz de espectáculo que del servicio público tan importante que es.

De manera más concreta y desde mi experiencia, día a día, en el aula, puedo explicar de qué manera estoy seguro de que mi trabajo mejoraría:

1º.- Con un número de alumnos mucho más reducido. Piensen que tengo aproximadamente treinta alumnos adolescentes en cada grupo.
2º.- Con una adecuada consideración social del docente, y un mayor respeto al maestro como autoridad intelectual y profesional, que sin duda redundaría en una mejor actitud generalizada en los alumnos.
3º.- Con un nivel de exigencia apropiado que no permitiera a ningún alumno tener la sensación de que con poco esfuerzo terminará titulando.
4º.- Con una reducción de tareas burocráticas que restan tiempo al profesor para preparar bien sus clases.
5º.- Con una concienciación de todos respecto a la imprescindible generación de hábitos de trabajo desde las primeras etapas educativas, que no obliguen a un profesor de Secundaria a exigir unos hábitos que el alumno debería haber adquirido tiempo atrás.

miércoles, 18 de octubre de 2017

La escuela del mañana. Evolución o ruptura. Mesa redonda en Auditorio CIVICAN de Pamplona




El martes que viene, día 24, participaré en un debate educativo titulado "La escuela del mañana. Evolución o ruptura". Organiza Fundación Caja Navarra. Aquí dejo la información. Para reservar la entrada (aunque el acceso es gratuito, aquí).

LA INCUBADORA. ESPACIO EDUCATIVO. LA ESCUELA DEL MAÑANA. CAPSULA 1 -LA ESCUELA DEL MAÑANA, EVOLUCION O RUPTURA-

Fundación Caja Navarra, en su centro sociocultural, proyecta un espacio educativo donde desarrollar ideas con el objetivo de satisfacer las necesidades de jóvenes, padres y educadores. Se pretende fomentar el espíritu innovador, la creatividad y nuevas formas de trabajar, para generar una red de intercambio de conocimiento entre los agentes implicados en el proceso educativo.

A través de charlas, denominadas cápsulas, se generarán ideas y proyectos que se llevarán a la práctica en experiencias vivenciales y compartidas.

En el último trimestre de 2017 se analizarán las diferentes posturas existentes sobre los diversos modelos educativos que perfilarán "la escuela del mañana".

LA ESCUELA DEL MAÑANA, EVOLUCION O RUPTURA

Mesa redonda con Alberto Royo, profesor de secundaria en la educación pública, un representante del Colegio Jesuitinas de Pamplona, y un representante de Nalúa Montessori.

Modera Maite López, profesora de la UPNA.

En los últimos años, nuestra sociedad ha experimentado profundos cambios y la escuela como institución educativa no es ajena a estas transformaciones. El profesorado tiene que ser consciente de que el futuro habita en las aulas y que hay que propiciar la formación de personas que sean autónomas, felices, y que contribuyan al desarrollo de nuestra sociedad.

Por medio de esta mesa redonda, se conocerán diferentes experiencias educativas que buscan preparar de la mejor forma posible a su alumnado para la vida. Se entablará un diálogo para conocer en profundidad diferentes maneras de trabajar en el aula y entender su postura ante los retos educativos actuales y futuros.

lunes, 9 de octubre de 2017

jueves, 5 de octubre de 2017

Crítica de "La sociedad gaseosa", en ACEPRENSA




Alberto Royo, musicólogo y profesor de secundaria, publicó hace un año Contra la nueva educación, un ensayo de título poco ambiguo en el que criticaba las pedagogías de moda centradas en la motivación del alumno y su bienestar emocional. Ahora, en La sociedad gaseosa, Royo extiende el foco de su análisis –y de su crítica– a otros aspectos de la vida moderna, aquejados, según él, de los mismos prejuicios antiintelectuales, de la misma superficialidad y relativismo. No obstante, en la mayoría de los capítulos, el punto de origen de la invectiva sigue estando en la educación. Quizás porque de aquí se hayan extendido los males a esos otros ámbitos, o porque las aulas ofrezcan las condiciones de “laboratorio” que permiten un diagnóstico más certero.

Como explica el autor en los primeros capítulos, defender hoy en día el rigor intelectual, las convicciones sólidas, el esfuerzo, la virtud o la responsabilidad individual (como contraposición a los condicionamientos sociales), le puede acarrear a uno el riesgo de ser tachado de reaccionario, elitista o adoctrinador. A Royo parece no importarle: fustiga sin piedad el relativismo y el cinismo moral, la falsa idea de equidad que lleva a igualar en la mediocridad, la obsesión por la innovación o la hipertrofia de lo emocional en nuestra sociedad. Se puede decir que la diana común de todos sus dardos es el llamado pensamiento débil, clave en el ideal de posmodernidad.No es Royo un pensador conservador –o al menos él no se considera así–, sino más bien un nostálgico de una izquierda que desde hace tiempo “abandonó la bandera de la responsabilidad individual” (también en el ámbito de la cultura, aunque no solo), dejándola en manos de los sectores más liberales. Como ejemplo de que estos valores no siempre han sido ajenos al progresismo, Royo cita abundantemente textos de Gramsci.

El libro, aunque heterogéneo en cuanto a la longitud y profundidad de los capítulos, posee coherencia en lo argumental, y se atreve a cuestionar ciertos dogmas del progresismo bienpensante de nuestros días, como el supuesto sexismo de los juguetes para niñas y para niños, o la idea de que todos los males educativos vienen de la LOMCE.

Ahora bien, como en Contra la nueva educación, Royo vuelve a caer en un antiliberalismo que en ocasiones resulta forzado: el libre mercado puede contribuir a la vacuidad intelectual y conducir al relativismo que el autor denuncia, pero las causas profundas están más allá. Del desprestigio de la moral y las convicciones sólidas tiene más culpa la sospecha contra la metafísica de la Ilustración que Adam Smith. 

lunes, 2 de octubre de 2017

"Contra la nueva educación" se comercializa también como "audiolibro"



Plataforma Editorial ha acordado con Audible, propiedad de Amazon, la producción y comercialización de mi primer ensayo, Contra la nueva educación, en formato audiolibro en español, y está ya a la venta tanto en España como en cualquier país del mundo con acceso a internet. El audiolibro se adapta a cualquier formato, así que se puede escuchar tanto en el ordenador, como en un móvil Apple o Android, tabletas, etc. Lo único que se necesita es tener descargada la aplicación gratuita de Audible para poder acceder a los audiolibros que uno haya comprado y tenga disponibles.

El audiolibro está a la venta en el sitio web de Audible (aquí).

lunes, 18 de septiembre de 2017

Conversación con Perú



El pasado viernes, a eso de las diez de la noche, tuve el gusto de charlar sobre mi primer libro ("Contra la nueva educación") con Giuliana Caccia, que se encontraba en Lima. Conectamos por medio de Skype para Perú, Méjico y Chile. Fue una conversación muy agradable que, al emitirse vía Facebook Live, pude debatir más tarde con quienes la escucharon. Las tecnología, qué duda cabe, son una gran herramienta para facilitar el contacto, que no la comunicación, pues esta ya queda a expensas de lo que las personas sean capaces de hacer.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Poseducación. La sociedad gaseosa, en el Diario Ara Balears.


Antonio Janer publica un artículo en Ara Balears (puede leerse aquí) sobre La sociedad gaseosa. Lo transcribo a continuación, traducido al castellano.

El prefijo post- ya se ha convertido en una auténtica plaga. Vivimos en la era de la postmodernidad, la postverdad, la postcensura, pero también de la "posteducación", en la que la educación es entendida como un espectáculo. Lo podemos leer en el ensayo 'La sociedad gaseosa' (Plataforma Editorial, 2017), de Alberto Royo, profesor de música en un instituto de Navarra. El título está en sintonía con la famosa "sociedad líquida" con la que Zygmunt Bauman aludió a la disolución de los principios tradicionales considerados hasta ahora estables.

Royo aplica las tesis del pensador polaco en el mundo educativo: "La misma cultura ha dejado de ser un conjunto consolidado de saberes para pasar a rendirse a la fugacidad y, finalmente, a la vaporosidad. La inmediatez, la búsqueda de la rentabilidad, la falta de exigencia y autoexigencia, el desprecio por la tradición, la obsesión innovadora, el consumismo, la educación placebo, el arrinconamiento de las humanidades y de la filosofía, la autoayuda , la mediocridad asumida y la ignorancia satisfecha hacen tambalear lo que pensábamos que era más consistente ".

El autor de 'La sociedad gaseosa' reivindica la formación intelectual de los profesores a partir de la cita clásica 'Primum discere, deinde docere' ( 'Primero aprende, después enseña'). Además, insiste en que sólo aquella persona que se apasiona con lo que ha estudiado es capaz de transmitirlo con entusiasmo. Los alumnos, sin embargo, no deben olvidar que aprender implica esfuerzo y que no siempre es divertido.
Sin duda, el camino hacia la belleza del conocimiento se puede allanar. Con todo, Royo, sin ser tecnófobo, lamenta la "homeopatía pedagógica" de las nuevas corrientes educativas que se preocupan más por entretener que por enseñar. En Infantil y Primaria, tiene todo el sentido del mundo el aprendizaje lúdico. En Secundaria, en cambio, hay más disciplina académica. No en vano, es la etapa en la que se ha de profundizar en los contenidos y se debe velar más por la maduración intelectual del alumno.
La radiografía de Secundaria que hace este profesor de música es bastante alarmante: con la rebaja del nivel de exigencia se incrementa el porcentaje de alumnos mediocres. Mientras tanto, los más brillantes son los grandes damnificados de una "posteducación" que ha convertido los institutos en centros terapéuticos de la felicidad y no del conocimiento. Royo mantiene que todas las personas deben tener la misma oportunidad para acceder a la educación. Recuerda, sin embargo, que no todas llegarán al mismo punto.

Las reflexiones del autor de "La sociedad gaseosa" me provocan sentimientos contrapuestos. En Secundaria he podido observar en persona los frutos del trabajo cooperativo, del trabajo por proyectos. El grado de implicación de sus profesores responsables es de admirar. Celebro mucho que ahora, en las aulas, se hable de inteligencia emocional y que las materias se enfoquen más desde la transversalidad para favorecer la promiscuidad intelectual. Mi educación, en cambio, estuvo presidida por el individualismo, la rigidez mental y el pensamiento acrítico.

Pero yo también, como Royo, desconfío de los cantos de sirena de la neoopedagogía, presidida por unos gurús abonados a un relativismo del todo estéril. Constato que se han perdido los hábitos de estudio, de concentración y de estar en silencio. También encuentro a faltar la cultura del esfuerzo y de la paciencia, tan necesarios para saborear los grandes placeres del conocimiento. El drama es cuando los profesores debemos desertar de nuestro papel de transmisores de cultura ante unos alumnos demasiado sobreprotegidos, no sólo por la familia, sino también por los mismos educadores.

Hay sesiones de evaluación que avergüenzan. "La vida te suspende o te aprueba una sesión de evaluación", leí hace poco en Can Twitter mientras discutíamos si aprobar un alumno de segundo de Bachillerato. La culpa, sin embargo, no es nuestra, sino de un sistema educativo que va a la deriva con constantes reformas que sólo responden a intereses partidistas y no pedagógicos. No se vislumbra ningún debate político serio sobre la preparación y la aptitud tanto de docentes como de alumnos. Las oposiciones, así como están planteadas, dejan mucho que desear.

En medio de este desbarajuste nos encontramos con una sociedad que desconfía de los profesores, pero a la vez delega en ellos toda la educación de sus hijos. Ahora las escuelas no sólo deben enseñar, sino también educar. En tiempos de la "posteducación" hay, pues, más cordura e implicación por parte de todos. Ya nos lo recuerda Royo en 'La sociedad gaseosa': "Si entendemos que a través de la educación, del buen periodismo, de los buenos libros podemos mejorar la sociedad, haríamos bien de protegerla de esta postmodernidad decadente".

domingo, 27 de agosto de 2017

Algunas reflexiones estivales


Defender el conocimiento y pretender enseñar tu asignatura es "de soberbios". Ser emprendedor social y transformar el mundo, sin embargo, es de una humildad aplastante.
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Hablaba Peter Watson, autor de Historia intelectual del siglo, de la "emoción instantánea que no exige ningún esfuerzo intelectual". Y es que en toda esta batalla que algunos estamos librando, esta es una idea crucial. Nadie niega la emoción (intrínseca) del conocimiento. Lo que se discute es la concepción cursi y superficial de la emoción. 
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¿Enseñar no es chic? La obsesión de algunos con la vocación, creo que tiene mucho que ver con la necesidad de vender una imagen glamurosa de nosotros mismos, aunque eso suponga, en el caso de la enseñanza, renunciar a la principal misión del profesor, que es enseñar. Lo preocupante no es que haya quien nos exija funciones que no nos corresponden. Lo grave es que muchos docentes acomplejados se avergüenzan de decir que enseñan y se ven obligados a mostrarse como educadores y casi a pedir perdón por haber osado enseñar su materia, en lugar de haber dedicado el tiempo de clase a "transformar el mundo". Yo ya me entiendo.
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Ante la publicación reciente de varios artículos que han sugerido la vinculación entre el terrorismo y la labor del profesor, quiero manifestar que mi responsabilidad como profesor de música en la enseñanza secundaria es transmitir con rigor los contenidos de mi materia, una disciplina, la música, que no solo contribuye a desarrollar hábitos esenciales, sino que también favorece la sensibilidad artística y el gusto estético, así como las habilidades sociales. Esta responsabilidad no es poca cosa, ni conseguir éxitos en tal cometido es sencillo. Se requiere dominar aquello que uno tiene que impartir y saber transmitirlo de forma seria pero entusiasta, adaptándose siempre a las situaciones que se encuentra, que son muchas y complicadas. Estoy convencido de que una buena enseñanza pública mejoría nuestra sociedad y de que una buena formación ayudaría a combatir el fanatismo. Pero no estoy dispuesto a que se me exija (¡incluso por parte de compañeros de profesión!) aquello que no me corresponde como profesional de la enseñanza.
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¿Es sospechoso defender el conocimiento? No sé qué sentido tiene acusar a quien defiende el conocimiento de "minusvalorar aquello que critica" o de mostrar poco "respeto, tolerancia o cercanía", algo que me ha ocurrido no hace mucho. Es lógico que defender el conocimiento implique la minusvaloración de la ignorancia. Pero no hay aquí soberbia sino todo lo contrario: los que defendemos el saber y la cultura somos perfectamente conscientes ...de nuestras limitaciones, que tratamos de paliar con esfuerzo y disposición. Y valoramos el privilegio de poder aprender de lo que gente más preparada que nosotros ha puesto a nuestro alcance. Nada hay de arrogancia, pues, en este posicionamiento, sino afán de lucha contra el anti-intelectualismo imperante, que no hay por qué tolerar (de hecho, no hay por qué ser tolerante con según qué o según quién), como no tenemos obligación moral de respetar las opiniones despreciables. Por fin, se puede ser cercano y exigente. Precisamente, la actitud cercana del profesor (cercanía controlada, no horizontal ni "asamblearia") resulta lo más eficaz si lo que queremos es inocular en nuestros alumnos el gusto por aprender.
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¡Qué obcecación con subestimar el conocimiento, confrontando los contenidos con los procedimientos o los valores!" La enseñanza no puede consistir solo en dar contenidos", dicen. Transmitir conocimientos supone educar en valores (el propio conocimiento es un valor en sí mismo), instruir en lo procedimental y ejercitar hábitos. Es algo complejo y profundo que solo el mediocre o el aprovechado puede atreverse a despreciar o minusvalorar.
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Responsabilidad. La responsabilidad individual es la gran olvidada en esta sociedad gaseosa. Y una de las claves del posicionamiento que algunos tenemos ante la deriva de nuestra enseñanza. Solo inculcando en casa (y reforzando en la escuela) el sentido de la responsabilidad, podremos lograr que los alumnos comprendan que han de encontrar la motivación en el mismo hecho de aprender y que el factor determinante del éxito de un alumno no es otro que su voluntad por adquirir conocimientos.
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Espontaneidad y tontuna irresponsable. Cuando se convierte al niño en un dios cuya espontaneidad ha de salvaguardarse a toda costa, cuando se pierde el norte considerando que exigir a tus hijos (o a tus alumnos) es signo de opresión y de falta de amor y que todo esfuerzo es traumático, cuando se entra en debates ridículos sobre si la exigencia se puede o se debe imponer, cuando se junta el postureo con el fanatismo histérico y la más profunda ignorancia, ocurren cosas que solo pueden ocurrir en una sociedad gaseosa. ¡Claro que la exigencia se impone! Si no, no sería exigencia. Cuando se exige, se impone, pues no se da opción. Hay que estudiar. Hay que poner la mesa. Hay que cruzar con el semáforo en verde y no cruzar en rojo. Hay que hacer la cama. No se mea uno en la alfombra. Esto no se enseña en la escuela; se inculca desde casa. Y no se aprende por descubrimiento. Se impone y se acepta. Lo que con el tiempo se aprende es que lo que nos han exigido ha sido provechoso para nosotros. En cualquier caso, lo sucedido no es ni mucho menos tan grave como lo que puede suceder a unos niños cuyos padres afirman que tratarían un cáncer con zumo de limón. Así estamos." Gilles Lipovetsky (capítulo séptimo de La sociedad gaseosa) observaba que 'la sociedad contemporánea pone en valor al individuo, cierto, y le da más poder sobre sí mismo para decidir sobre su vida, pero al mismo tiempo aumenta su fragilidad»'. Educamos a los niños, decía, «dulcemente», queremos «que sean felices y no los preparamos para lo difícil, para lo que Freud llamaba el principio de realidad». Lipovetsky lo llamaba 'el precio de la libertad'". 
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Compromiso docente. Cuando un profesor imparte clase sobre unos contenidos que a la mayoría de sus alumnos nunca les habrían interesado, no les está diciendo "aquí se hace lo que yo digo y punto", sino "confiad en mí". Cuando suspende a un alumno, no le está diciendo "no me importas", sino "me preocupo por ti. Te voy a ayudar en todo lo que pueda, pero no pienso estafarte".
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Bienestar y enseñanza. La idea de "bienestar" asociada a la enseñanza es, en mi opinión, una de las más nocivas ("tóxicas", diría un posmoderno). Hablando con un buen amigo sobre cómo el aprendizaje y el bienestar no deben ir vinculados, pensaba que es la insatisfacción la que te mueve a aprender aquello que no sabes, lo que no implica otra cosa que la inconveniencia de estar excesivamente cómodo a la hora de afrontar un nuevo aprendizaje.
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Paradoja educativa:  ¿No es paradójico que un sistema que pretende ser inclusivo termine siendo excluyente, pues solo los alumnos que procedan de situaciones social, cultural y/o económicamente favorables podrán acceder a los conocimientos que se les están negando en la escuela? ¿Quiénes se benefician de un sistema que no busca formar sino entretener, no enseñar sino proporcionar bienestar, que no aspira a la excelencia sino a la extensión de la mediocridad, que habla de espíritu crítico pero lo confunde con la cesión al capricho y la dejación de responsabilidad, que dice querer ciudadanos independientes y no manipulables mientras desdeña todo lo que es imprescindible para convertirse en un ciudadano libre?
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Hay que fastidiarse. Sin "vocación", y con ganas de empezar el curso.