Demolition Man


Hay días en que no estoy para optimismos. Ni siquiera para escepticismos. Vamos, que lo veo todo más negro que la conciencia de un pedagogo. En circunstancias así, la única solución que encuentro a este despropósito de sistema educativo que padecemos es su demolición. La enfermedad se ha extendido tanto que no parece quedar un órgano sano. No hay otra posibilidad pues que un derribo controlado y la construcción de un nuevo edificio con cimientos sólidos y basado en postulados alejados de mamarrachadas, florituras y buen rollito. Pienso en aquella peli de culto que protagonizara el sin par Stallone en la que interpretaba (ustedes me entienden) a un brutal pero eficaz policía apodado "Demolition Man", culpado injustamente de negligencia y enviado en el año 1996 a "crioprisión". Cuando Demolition Man despierta, ya en el 2032, la ciudad de Los Ángeles acoge a una sociedad pusilánime y políticamente correcta en la que está prohibida la sal, el contacto físico y hasta los tacos. No hace falta explicar la que lía Stallone una vez descongelado. Digamos que estaba dispuesto a "exprimirse las rasureras" para encontrar algo con que "ocupar la noche, beber leche con velloceta o con dencromina, agudizar los sentidos" y quedar "listo para una sesión de ultraviolencia". Por cierto, aunque el guión de aquella película no era precisamente un dechado de virtudes, hay que resaltar el acertadísimo guiño a "Un mundo feliz", a través del nombre de la detective interpretada (supongo que me entienden también) por Sandra Bullock: Lenina (uno de los personajes de la novela: Lenina Crowne, la enfermera Beta cuya labor consiste en inmunizar a los fetos ante posibles enfermedades futuras) Huxley.

Como Stallone en su regreso a la sociedad tontorrona del futuro, no termino de encontrar mi sitio (ahora viene cuando les cuento por qué me siento así. Lo voy a contar porque hoy lo que se lleva es abusar de la espontaneidad y encasquetar a todo quisque los sentimientos de uno). Pues bien, me encuentro desanimado, afligido y, al mismo tiempo, encorajinado. Y todo porque, inocente de mí, acabo de llegar a la conclusión de que no podemos hacer nada (salvo recurrir a la pedagogía stalloniana) en la Educación Secundaria si no retrocedemos, torpedeamos y reconstruimos la Primaria y la Infantil. Sí, la Infantil. Ahí, en ningún otro lugar, comienza a manifestarse esta enfermedad letal (y contagiosa) que se llama estupidez. No debería ser discutible la importancia de la lectura y la escritura, la conveniencia de que un alumno de cinco años aprenda a leer y escribir antes de acumular lagunas que derivarán en océanos. Desespera comprobar cómo para algunos es imprescindible hablar inglés casi desde la concepción pero no importa si no saben manejar el castellano hasta el Bachillerato. Y lo peor de todo no es que alguien pueda preguntarse "¿dónde pone que en Primaria deben saber leer?" (¿dónde pone que no?, pregunto yo) sino que tienen razón. No lo pone. El currículo de Infantil habla de "descubrir y explorar los usos de la lectura y la escritura", de "despertar y afianzar el interés"... porque, imagino, hablar directamente de aprender a leer y escribir, algo para lo que un niño de tres años ya está capacitado (tanto más uno de cinco o seis), es directamente subversivo. Esto es lo que tenemos. Y no hay mucho que podamos hacer. Al menos hoy, que, como dicen en mi tierra, tengo el cuerpo de jota... como para hablar de la "FP torera" del PP...

Comentarios

  1. Ya.
    El recurso a la conciencia negra de un pedagogo suena un poco demagogo.
    Pero entiendo el arrebato; no podía ser de otra forma.

    Un saludo.

    PD - ¿Has leído a Piaget, o a Vygotski?

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  2. Suena. Y es, querido tocayo. Tomálo como una licencia literaria. Y sí, el segundo al menos estaba convencido de que los tres años son una buena edad para aprender a leer. A no ser que algún pedagogo con buena o mala conciencia me saque del error. Un saludo

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