Violencia y acoso escolar. ¿Antecendentes o consecuentes?


El psicólogo Íñigo Ezquer Tiberio publicaba en Diario de Navarra un artículo titulado "El acoso escolar tiene antecedentes", en relación con el caso de la adolescente que se suicidó en Madrid y que estaba siendo víctima de acoso escolar. Me gustaría darle la réplica desde una respetuosa pero notable discrepancia.

Antes que nada, querría llamar la atención sobre algo: no es razonable insistir en que cada uno de los numerosos casos de violencia o acoso que se producen (muchos más de los bastantes que conocemos) son hechos aislados. No lo es porque en poco tiempo ha habido dos muertes: la de una alumna y la de un profesor. Podrían haber sido más. Y en Navarra, por muy "comunidad diferenciada" que sea, no estamos exentos de riesgo. A los fundamentalistas de lo políticamente correcto (no me refiero al Sr Ezquer, que quede claro) les pregunto: ¿es momento ya de replantearnos si estamos haciendo las cosas bien, si los eufemismos modifican la realidad o solo la ocultan, si la impunidad no va en detrimento de la libertad, si la libertad sin responsabilidad tiene sentido?

Precisamente porque comparto la pregunta que se hacía Íñigo Ezquer ("¿por qué siempre se actúa una vez que suceden los hechos y no antes de que se produzcan?"), reclamo una reflexión impostergable sobre las equivocaciones que estamos cometiendo. No hay mayor torpeza que no querer aprender de los errores. Y, sin caer en el alarmismo, no deberíamos dejarlo para más adelante porque los acontecimientos son tozudos.

El primer paso debería ser separar claramente qué es responsabilidad de la familia y qué del profesor. El docente no puede asumir lo que no le corresponde sin que ello vaya en detrimento de su función principal de enseñante. Una cosa es colaborar con las familias  y otra sustituirlas.

El segundo paso sería recapacitar sobre la justificación que supone (y aquí sí debo referirme a Íñigo Ezquer, como a tantos otros) hablar tanto de "antecedentes" al acoso (que no niego) y tan poco de "consecuentes". Podemos divagar sobre la necesidad de favorecer la empatía (algo, sin duda, valioso) o sobre la relación que establece el psicólogo entre la "baja inteligencia emocional"  y los "mayores niveles de conductas agresivas y delictivas" pero estaremos desestimando, otra vez, el poder disuasorio de  las consecuencias, descuidando la obligación de nuestros alumnos de asumir que solo ellos son los responsables de sus actos. Pero lo importante no es tanto ponderar la importancia de la educación en la empatía o en la responsabilidad individual como valorar la efectividad en la prevención de este tipo de situaciones. La pregunta debe ser: ¿qué resultará más eficaz: explicar a un alumno que ha de ser empático o convencerlo de que todos, él también, debemos responder de nuestro comportamiento?

En tercer lugar, es urgente definir de una vez qué queremos que sea la escuela: un lugar de transmisión de conocimiento y formación de personas o un centro de esparcimiento y bienestar. Si queremos que sea lo primero, los valores a inspirar en nuestros alumnos son unos; si queremos que sea lo segundo, son otros. Pero, por favor (atención, spoilers), no creamos en el Ratoncito Pérez o en los reyes Magos: son los padres. Todos querríamos, como Ezquer, que las aulas fueran "entornos donde todos se sintieran bien, entornos atractivos de trabajo y aprendizaje". Lo queremos para las aulas y para la calle y para todas las personas y para el mundo. Pero las buenas intenciones no bastan. Los adultos debemos tomar decisiones con el objetivo, entre otros, de resolver problemas, no de quedar bien o resultar simpáticos. Es bonito eso de "realizar una aproximación al fenómeno, conjuntamente con los alumnos, donde se piense y se discuta entre todos, qué puede hacer cada uno para mejorar las relaciones interpersonales" y establecer "sistemas de apoyo entre iguales". Pero es más bonito que sensato. Y más bonito que real. Lo primero que deberíamos hacer para "mejorar las relaciones interpersonales" es dejar muy claro qué no se puede hacer, por qué y qué ocurrirá si se hace.

Por último, sin pretender desahuciar a nadie, sin querer impedir que se ayude a todo alumno que lo necesite en el sentido que lo necesite, no podemos olvidar a los alumnos y profesores que están siendo (o que pueden ser) víctimas de las actitudes y actos de aquellos. No discutiré, porque la comparto, la conveniencia de "favorecer la identificación de los adolescentes con los valores de respeto mutuo, la empatía y la no violencia". Pero no es suficiente. Y si no entendemos esto, nos exponemos a que los "casos aislados" se nos terminen acumulando.


A todos los alumnos y profesores que han sufrido el acoso o la violencia en las aulas.

Comentarios

  1. Está claro, Alberto: la mejor manera de acabar con la violencia o el acoso es convencer a los chicos mostrándoles por qué son inadmisibles, pero sucede (porque la vida no es ideal) que vamos a tropezar con algunos que no lo entiendan o no lo quieran entender e incluso den el paso de ser violentos o dedicarse a diversiones tan repulsivas como el acoso. Ante estos, el único argumento que queda es este: haz lo que quieras, pero ten en cuenta que el que la hace la paga, tú verás. Con esto conseguirás que más de uno se abstenga de pasarse de la raya por miedo a las consecuencias, pero como este -repito- no es el mejor de los mundos posibles, siempre habrá otros que hagan lo que no deben. Lo único sensato con estos es hacérselo pagar de manera fulminante, proporcionada a la gravedad de sus actos y efectiva. El pago de las faltas es un impecable acto de justicia y tiene un indiscutible valor disuasorio: son todo ventajas, digan lo que digan algunos iluminados. Lo demás es retórica vana y perjudicial: liarse en bizantinismos acerca de si el que acosó a una compañera es a su vez una víctima social o de si el que mata es un pobre infante desorientado es una aberración que lleva al lugar en que nos encontramos: una pura confusión incapaz de proteger a las víctimas y disuadir y hacer pagar a los culpables. Supongo que habrá almas puras que piensen que soy un facha, un antiguo y un no-sé-qué-más por sostener estas ideas: que presenten las suyas y argumentamos. Ya les adelanto algo: con sola esta cartilla, he evitado, cortado o sancionado muchísimos abusos y he amansado a unos cuantos gallos de corral: no son especulaciones, son hechos. Un saludo.

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    1. Lo que suelo pensar cuando se habla tanto, tanto, tanto de la motivación es que no hay nada más desalentador que hacer las cosas bien y recibir el mismo reconocimiento que el que las hace mal. Bueno, sí, hay algo peor: recibir menos reconocimiento o comprobar que quien las hace mal no es reprobado. Esto desmotiva a cualquiera.

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  2. Tal y como está hoy la enseñanza en España, cualquier profesor que quiera trabajar con dignidad, honradez y seriedad podría escribir una enciclopedia acerca de esas cosas de las que hablas.

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