El profesor perplejo.

 
 
 
Así me he quedado cuando he leído la réplica de un colega, D. Antonio Lora Jaunsaras, a mi artículo "El profesor devaluado", en el que criticaba la marginación de los contenidos académicos y disciplinares en los planes de formación del profesorado de las administraciones educativas. Mi perplejidad no proviene de la mayor o menor coincidencia con las opiniones del Sr Lara (faltaría más), sino de que este considere que aquellas reflexiones eran "descalificaciones". No comparte, dice, que se "insulte" a "los expertos educativos, psicólogos, psicopedagogos". Acudo a mi artículo para tratar de encontrar alguna frase excesiva o escrita en un tono poco apropiado y encuentro: "(...) arma arrojadiza que todo experto educativo y/o psicopedabobo guarda como recurso implacable para intentar destruir los argumentos de cualquier profesor que ose defender la profesión: la formación". Todo profesor es consciente de que la consideración de "experto educativo" poco tiene que ver, paradójicamente, con la experiencia educativa, sino con otra serie de cualidades que no comentaré hoy. Son estos expertos (y los "psicopedabobos", ahora volveré sobre esto) quienes, de forma obsesiva, echan la culpa de todos los males a la formación del profesor, al tiempo que asesoran a la Administración en la elaboración de unos planes de formación que eran precisamente el objeto de mi crítica. ¿Es un insulto la palabra "psicopedabobo"? No es un elogio, desde luego. ¿Pretendo con ello descalificar a los pedagogos? Todo lo contrario: defiendo al pedagogo del "pedabobo", al educador del charlatán, al psicólogo serio del frívolo. Es por eso que diferencio entre unos y otros. No voy a entrar ahora a deliberar sobre la palabra "pedagogo" ni a valorar la idoneidad del término en relación con la labor de un profesor de instituto, pero no sería esta la primera vez que defiendo la didáctica como herramienta básica en la enseñanza (nada menos pero, también, nada más). A lo que no estoy dispuesto es a comulgar con ruedas de molino aceptando, "porque sí", la línea pedagógica oficial y dominante si no la comparto.
 
El Sr Lora se lamenta de que "ridiculizo" la oferta formativa del Departamento por denominarla "cartelera", ya que esto es "mofarse". No era mi intención ridiculizar nada, ni encuentro ofensivo el término "cartelera". Si hubiera querido "mofarme", bastaría con haber enumerado algunos de los cursos e incluso haber dado rienda suelta a mi creatividad imaginando las bondades pedagógicas de las siguientes actividades: "Cómo hacer entrevistas eficaces y no morir en el intento", "Coaching para el bienestar", "Focusing para docentes", "Taller de kinesología educativa", "Educación emocional, resiliencia y educación responsable", "Ciberbullying, grooming y sexting"...
 
Lo que al Sr Lora le parece "más grave" es mi (supuesta)  intención de ridiculizar a "impartidores y asistentes". "Se llama mediocres", insiste, "a quienes acuden a esos cursos y se les coloca en el otro lado de una balanza en la que lo único que ennoblece al docente es su formación teórica y académica". Sr Lora, o no me entendió o se ha querido hacer usted el despistado. Yo no llamé mediocre a nadie. Esto fue lo que dije: "la Administración tiene muy claro su objetivo: rebajar, al mismo tiempo que el nivel medio del alumno, el nivel medio del profesor, convertirlo en un profesional mediocre que sepa cada vez menos de su especialidad". Y me reafirmo (obras son amores y no buenas razones). Tampoco dije, en ningún momento, "lo único que ennoblece al docente es su formación teórica y académica". No solo no lo dije. No lo pienso. Lo que denuncio es la subestimación, en la oferta formativa y en muchos otros ámbitos, de los contenidos disciplinares, de la especialización, de la erudición, del conocimiento. Y no soy "maximalista". Reclamo sentido común, sensatez, equilibrio entre enseñanza y educación, entre contenidos y valores, entre lo pedagógico y lo académico. Si quiere usted discutir con un extremista, búsquese a otro. Yo haré lo posible por entender su postura, pero no rectificaré si no me convence. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, y, del total de cursos ofertados en el Plan de Formación, los cursos que podríamos considerar "académicos" o "disciplinares" (y en muchos casos con extrema generosidad) suponen un 16% del conjunto. El 84% restante se refiere a competencias personales y sociales, idiomas y nuevas tecnologías. No es así como entiendo yo un plan de formación del profesorado. Está en su derecho de disentir, pero no tergiverse, por favor, mis razonamientos.

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