Con el carrito del helao. Las dietas de Caja Navarra (y IX). Breve y triste epílogo.


El caso de las dietas de la CAN ha llegado a su fin, enterrada la causa por el Tribunal Supremo. Carpetazo al asunto. Los cuatro meses de trabajo concienzudo de la “juez Chacón navarra” han quedado en agua de borrajas (pero de borrajas de Mediterránea de Catering, de las de caracol incorporado) por no encontrar el Supremo motivos para la investigación de los indicios delictivos que veía la Juez en la causa. Sí ve el Tribunal Supremo motivos, que no entra a valorar, para el “reproche ético, moral y político”.

No queda otra que aceptar que el Tribunal Supremo no ha considerado, como intuía la titular del Juzgado de Instrucción nº 3 de Pamplona, que Barcina haya cometido delito de cohecho impropio. Nada que objetar ante esto. Nadie debe ser condenado si no está clara su culpabilidad y su responsabilidad penal. Ahora bien, que los ciudadanos debamos soportar que los actos reprobables de nuestros políticos, por el hecho de no encajar dentro del concepto “delito”, no deban tener consecuencias de ningún tipo, eso ya es otra cosa.

Dice Barcina que “se ha puesto de manifiesto la verdad”. Y es así. Todo lo que se le ha achacado a la actual presidenta es cierto (ni siquiera ella, como el resto de beneficiarios de las dietas de la CAN se han molestado en negarlo sino más bien en acudir al manido -y ofensivo- “esto se ha hecho toda la vida”). Esta es la verdad, constituya delito o no.

Barcina se jacta de que la decisión del Supremo “pone de manifiesto” su “honradez”. Falso. La honradez de Barcina ha quedado desacreditada por sus actos.

Barcina se siente “desprestigiada” pero quien se ha desprestigiado es nuestro sistema democrático.

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