En la escuela, conocimientos y no creencias. ¡Penitengiacite!


Ya he defendido en varias ocasiones mi postura, que podría parecer poco agresiva visto el fervor logsiano ante la nueva ley educativa, una ley que no me gusta nada, casi más por lo que deja de reformar que por lo que reforma. Que el sistema educativo no funciona, es una evidencia. Que esta nueva ley no lo va a arreglar, es otra. Retirarla para quedarnos como estamos no sería, para mí, demasiado consuelo.

La LOMCE, que podríamos definir como un totum revolutum, o como un quieroynopuedo, o incluso como un querríaperonomeatrevo, contiene alguna ideas potencialmente positivas como el adelantamiento de los itinerarios, la implantación de evaluaciones externas o el (demasiado tímido) arrinconamiento de conceptos como comprensividad constructivismo. Esto, ya de entrada, permite esquivar la actitud apocalíptica y mantener un halo de esperanza.

Pero entre lo que el PP ha dejado de hacer pese a que se comprometió en su programa electoral (o quizás precisamente porque se comprometió), lo más grave es el arrepentimiento, por imposición de la concertada (¡penitengiacite!) a la hora de de ampliar el Bachillerato a tres cursos. Agua de borrajas.

El mayor estropicio puede causarlo el Gobierno de Rajoy, con el sociólogo ministro a la cabeza, al otorgar al director un poder tan desproporcionado que ni el anillo único de Tolkien. Otros aspectos claramente negativos y reprochables son la inclusión en la ley de la segregación por sexos (contraria a las sentencias de varios tribunales), ya de forma oficial e incuestionable y el más controvertido e indisimuladamente ideológico: la defensa a ultranza de la Religión.

Vaya por delante mi condición de creyente, para que ningún fundamentalista me acuse de querer quemar iglesias. Puedo ser un creyente sui generis y poco (nada) dogmático, incluso un creyente indignado por las incoherencias de la Iglesia como institución, por sus incoherencias y por sus privilegios (patrimoniales, fiscales…), pero creyente al fin y al cabo, con mi fe, por encima de todo, en el ser humano y en quienes, desde dentro de la Iglesia o fuera de ella, aportan su granito de arena en la mejora de nuestra sociedad.  Y con mis dudas, claro, y mis vacilaciones porque, como Unamuno, quiero creer. La cuestión es que mis creencias no tiene por qué repercutir en mis conciudadanos. Por ello, y sin entrar en una razones todavía más objetivas (como el sistema de selección -es un decir- de los profesores), considero que la Religión no debe estar en la escuela (obviamente, me refiero a la escuela pública), y menos si su presencia resta espacio a materias cada vez más vapuleadas como la Filosofía o la Música y menos aún con la importancia que se le va a dar en la nueva ley, pues contará para la nota media y para la obtención de una beca. Básicamente podríamos resumir el asunto en el siguiente axioma: en la escuela, conocimientos sí; creencias, no.


NOTA A POSTERIORI: El proceso de implantación de la LOMCE ha dejado claro que más que la propia ley es su aplicación lo que puede dar la puntilla a nuestro sistema público: doctrina pura y dura (no solo religiosa, pues esta es la menos nociva) y mercadeo permanente, sumados a los despropósitos logsianos. El halo de esperanza del que hablaba al comienzo de este artículo queda, por lo tanto, disipado.

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