Elogio de la equidistancia (III). Equidistancia, política y sindicalismo.



NOTA: El título de este artículo hace referencia a lo que, en opinión de quien escribe, son las dos caras de una misma moneda: la política es la cara cutre; el sindicalismo, entendido a la manera tradicional, la casposa.

Recientemente, un sindicalista de cuyas siglas no quiero acordarme exponía su análisis del anteproyecto de ley educativa del PP. Entre los numerosos disparates proclamados, hubo algo que me dejó especialmente pensativo. Según el sindicalista, el PP "solo quiere mejorar los resultados estadísticos" mientras ellos, su sindicato, entienden que lo que hace falta es "mayor inversión".

No es la primera vez que en este blog rompo una lanza en favor de la equidistancia. Es este un principio que considero esencial, pues propicia una cierta mesura en los posicionamientos que me parece más que deseable en estos tiempos (y en todos).

La equidistancia es a veces incómoda y parece exigir de uno mismo más justificación que la que otros necesitan para sostener sus posiciones extremas. Pero hay ocasiones en que, felizmente, unos y otros lo ponen asombrosamente fácil. Es el caso del compañero sindicalista y, casi siempre, de los políticos. ¿En qué lado posicionarme: en el de la exigencia de inversión como condición sine qua non para la calidad de la enseñanza o en el del objetivo único de mejorar los resultados estadísticos y maquillar el índice de fracaso escolar? Nunca uno vio tan sencillo situarse en el término medio entre dos actitudes extremas (actitudes extremas que Aristóteles denominaba “vicios” en oposición a la “virtud” -un hombre es virtuoso cuando actúa rectamente de acuerdo con un "justo término medio" que evite tanto el exceso como el defecto, lo que requiere de un cierto tipo de sabiduría práctica a la que Aristóteles llamaba “prudencia” o phrónesis-).

Cualquiera con dos dedos frente entiende que la inversión en la educación pública es necesaria, pero pocos son capaces de defender con argumentos sólidos que el principal problema de nuestro sistema educativo es la falta de inversión. Por otra parte, todo profesor con una mínima experiencia en el aula y un pellizco de sentido común sabe que para acicalar las estadísticas basta con renunciar (más aún) a la mejora de la formación académica e intelectual de nuestros alumnos, es decir, basta con devaluar (más aún) el aprobado. 

Suponiendo que estas dos posturas, la del sindicato referido y la del Gobierno, fueran razonables (que no lo son) y que ambas convergieran (que no lo harán porque ni el primero se lo cree del todo ni el segundo quiere gastar), imaginando que realmente se invirtiera más dinero en educación y nuestro país escalara puestos en la clasificación de los informes internacionales, ¿habría mejorado la situación? No. Se mantendría la deficiente formación de los alumnos y, encima, seríamos más pobres. El falso axioma de “a mayor inversión, mayor calidad” conlleva un riesgo evidente: el olvido de que lo que se debe conseguir mediante una reforma educativa es la mejora real de la formación (en otras palabras: que los alumnos sepan). Lo otro es, o tirar el dinero de todos, o ponernos guapos por fuera mientras seguimos siendo muy poco agraciados por dentro. 

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