De tintas verdes y contrarreformas (II). Clasismo y segregacionismo.



Nadie puede negar el tufillo neoliberal que se desprende de algunos puntos del anteproyecto de ley que hacen referencia a la productividad o a la empleabilidad, lo que puede suponer una cierta segregación ideológica en tanto en cuanto clasifica a los alumnos en función de su potencial rentabilidad económica para con la sociedad,  olvidando algo tan importante y tan obvio como que el objetivo de la educación no es la reducción de la prima de riesgo sino la formación de ciudadanos desde el punto de vista académico e intelectual.

Es igualmente innegable que el texto ampara la segregación por sexos en la enseñanza privada-concertada, aspecto este absolutamente rechazable en centros sostenidos con fondos públicos. 

Ahora bien, no es posible defender con argumentos serios que la ley fomentará el clasismo y  el segregacionismo a través de itinerarios selectivos y tempranos (porque si establecer itinerarios tempranos es segregacionaista, también lo sería la creación, como viene haciéndose desde hace tiempo, de grupos de diversificación para los alumnos más “justos” o grupos bilingües para los más “avispados”) como no puede tildarse de segregacionista la repetición de curso,  por ineficaz, pues a estas alturas ya no deberían quedar dudas de la nula eficacia que ha tenido la promoción automática.

En cuanto al clasismo, lo verdaderamente clasista es conformarse con un sistema educativo mediocre que impide a los alumnos socio-económicamente desfavorecidos progresar y llegar más lejos, si lo merecen, que aquellos cuya situación es, a priori, más acomodada. Para que lo primero no ocurra, es imprescindible: 

a) Concebir otras vías para aquellos alumnos que no pueden o no quieren aprender;

b) Tender a un sistema que premie el esfuerzo y el mérito;

c) Comprender que la igualdad nunca puede ser el punto de llegada sino el punto de partida.

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