La vida en B. Juanjo Martínez Jambrina.


Pasa la vida por la madrileña calle de Génova desde que el extesorero Bárcenas empezó a soltar hojas de un cuaderno cuadriculado con la contabilidad más oculta del Partido Popular. Pasa la vida, pasa la vida y esta España nuestra cada día se parece más a un país en B, como ha señalado el columnista gallego Manuel Jabois en El Mundo. Esa doble contabilidad, ese doble fondo que nos aflora no afecta solamente a la economía sino también a la moral, lo que es más grave porque esto es algo que no admite dobladillos como el dinero. Esto de vivir en B, de decir una cosa y hacer la contraria, de vivir ocultando la verdadera magnitud de la tragedia, es un estilo de vida que lleva rampante unos cuantos años entre nosotros. Mi buen amigo José Lázaro, otro gallego genial, apunta en el número de enero de Claves de Razón Práctica, a propósito de la reforma del sistema sanitario, que es muy difícil solucionar los problemas sociales cuando los intereses reales se ocultan bajo el discurso de falsos valores generales. Esta forma de vida en B la ilustra Lázaro con una estampa que trajo de una visita a la ermita de San Andrés de Teixido, de honda raigambre en la mitología gallega. Cuenta el fino intelectual coruñés que en los alrededores de dicha ermita suelen proliferar las vendedoras de souvenirs, reliquias y exvotos del santo. Parece que mientras el peregrino observa las postales y figuritas expuestas sobre las mesas la vendedora observa con sumo cuidado el rostro del visitante. Y que si interpreta que los valores espirituales no le van a animar a sacar la cartera, la vendedora levanta con cuidado el mantel de la mesa, le enseña un cubo discretamente situado bajo ella y le informa: “También hay percebes, oiga”. Le muestra, pues, lo que es la vida en B de la buena.

Pasa la vida y pasa la memoria a juzgar por esta tendencia nuestra a repetir escenas que no conducen sino al desánimo y a la desconfianza de la gente hacia las instituciones públicas y hacia la democracia. Pero ahí seguimos, dando oxígeno a políticos corruptos acantonados en partidos con sistemas de financiación algo más que opacos y con intereses alejados de los ciudadanos. Muchos de estos males tienen que ver con la contemporánea tendencia a dulcificar la realidad, escondiendo cualquier forma de malestar que contradiga el dogma de que en el Estado del Bienestar es posible la felicidad perpetua y de que cualquier dolor puede ser abolido por las agencias al efecto. De tanto edulcorar la realidad parece que nos la hemos llevado por delante o la hemos duplicado, como apuntan los gallegos Jabois y Lázaro. Esta tarde he estado viendo la película El paseante del Campo de Marte, la vigorosa cinta que Robert Guédiguian rodó en el año 2005 para ilustrar los últimos días con vida de François Mitterrand. Ya muy enfermo, el presidente acepta que un joven periodista le entreviste varias sesiones con el ánimo de recoger sus impresiones sobre la sociedad francesa y aclarar algunos interrogantes de la época. Un buen día, Mitterrand pide que le lleven junto con el periodista a la Catedral de Chartres. Pide luego que le bajen a la cripta y que le dejen a solas con el reportero. El veterano político se muestra entusiasmado ante varias de las estatuas yacentes que allí se guardan y que conoce de memoria. Y le pide al joven periodista que acaricie la piedra de la que emergen los transidos rostros. Para que sepa con fuerza que hubo un tiempo en que los hombres no temían mostrar ni siquiera la muerte en toda su crudeza. Al rebufo del último gran político europeo, se me ocurre que hay formas decentes de sanear España sin perder la historia. Será necesario volver a hablar de ideales, de sueños labrados con sudor en mármol, para evitar que la política se coma a la moral. Y empezar a hacerlo cuanto antes. Porque entre tanto se nos pasa la vida y se nos pasa la gloria.

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