¿Crisis de identidad en los profesores? Alberto Royo.



Imaginen la siguiente escena:

-¿Sr Rivas? Adelante. Siéntese por favor.
- Oiga, creo que ha habido un error. Yo tenía cita con el odontólogo y en su puerta pone “ginecólogo”.
-Ah, no se preocupe, al fin y al cabo soy médico. Deje, deje que le saque esa muela...
Estoy seguro de que la situación les resultará inverosímil. En la enseñanza, sin embargo, ya es una realidad.

Para comprobar el rigor de la Administración a la hora de ofertar plazas al profesorado y constatar cómo entienden nuestros dirigentes la calidad de la enseñanza, basta exponer que, este mismo curso, nos encontramos con profesores de Geografía e Historia que, además de su asignatura, impartirán Lengua Castellana, Historia de las Religiones o Educación Física; profesores de Lengua Castellana que enseñarán también Historia de las Religiones o Música; profesores de Plástica o Educación Física que también lo serán de Música; profesores de Filosofía que se encargarán también de la asignatura de Euskera…hasta nuestro ministro, el experto sociólogo Wert, ha acuñado recientemente el concepto “polivalencia curricular del docente” para terminar de arreglar las cosas.
Los profesores de instituto somos víctimas de lo que podríamos llamar “acoso existencialista”. Parecemos, en efecto, unos “seres arrojados al mundo”. Hemos ido pasando de enseñantes a educadores, de educadores a cuidadores…y se pretende, además, que seamos capaces de enseñar cualquier asignatura. Parecería que se persigue que terminemos dudando de nuestra propia identidad despojándonos de todo aquello que creíamos nos definía. Desde la altas instancias pedagocrático-políticas se viene trabajando últimamente y con perseverancia en la marginación del término especialista, que es la condición que tenemos los profesores de instituto, como se ha venido haciendo en relación con otros temas a los que deberé hacer referencia porque, aunque a primera vista, pudieran parecer distantes, en el fondo, están muy relacionados
En lo que solemos denominar "el mundo de la enseñanza", como en otros sectores, existe una gran tela de araña en la que todo está perfectamente tramado (perfectamente no en sentido literal, pues poco tiene de bondad o excelencia esta red sino, más bien, de urdimbre de intereses hábilmente confeccionada). Esa tela, elástica y resistente, en lugar de estar compuesta por moléculas o cadenas de aminoácidos, lo está por amiguetes, “expertos pedagogos”, “funcionarios” por libre designación y demás especies. Y bajo ella, nos encontramos nosotros.
Entonces, ¿quiénes somos nosotros? No encajamos entre los “expertos”. No somos pedagogos. No hemos ingresado en la función pública por libre designación sino mediante oposición. No somos docentes universitarios, sino exactamente lo contrario, “docentes no universitarios”(bien se preocuparon en dejarlo claro en su día). Lo que sí somos (y esto todavía muchos lo tenemos claro) es especialistas en nuestra materia, profesores que entendemos que es precisamente nuestra especialización la que garantiza que nuestro trabajo aportará a los alumnos la formación adecuada.
Volviendo a esa tela de araña, insisto en que todas las tropelías que se perpetran, no contra los profesores, sino contra la propia enseñanza, guardan una estrecha relación con aquella. Se desprecia la especialización porque no se valora el saber. Se vulnera el principio de mérito y capacidad porque se prefiere el clientelismo. Se subestima la exigencia porque se defiende el paternalismo, la consiguiente infantilización de los alumnos y, por lo tanto, la “primarización” de la Secundaria. Todo gira, en realidad, en torno a la misma aspiración: el fomento de la mediocridad en todos y cada uno de los puntos de esa enorme red, cuyo fin último no puede ser otro que la consecución de una masa social acrítica y sumisa a partir de unas premisas “pseudoeducativas” sin ningún rigor científico y demostradamente falsas (de las que hablaré en otra ocasión), que no buscan ni formar a los alumnos ni motivar a los profesores, sino hacerles la vida más cómoda a unos y otros (siempre que éstos sean “de la cuerda”), sin tener en cuenta ninguno de los valores que luego, sin rubor, se afirma defender. Es contra esta “mediocracia” contra la que los profesores, por imperativo moral, debemos librar la gran batalla, con recortes o sin ellos.

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