viernes, 2 de diciembre de 2016

Desconcierto en el Parlamento


Agotado de pensar, intentar razonar y convencer a los parlamentarios forales de la conveniencia de disponer de una ley propia de protección al profesorado. Me encuentro agotado, pero no más que decepcionado, desconcertado y preocupado. Mi estado de ánimo ya viene de ayer, aciago día en el que el ministro de Educación se comprometía a “actualizar” nuestras metodologías didácticas (como todos sabemos, la principal misión de un ministro de educación es decirnos a los profesores cómo tenemos que enseñar). No se le ha ocurrido a Méndez de Vigo actualizar instalaciones o recursos, no. Tampoco ha pensado en actualizarnos el sueldo y devolvernos las mensualidades sustraídas. Nada de eso. El ministro nos va a actualizar las metodologías. Y lo va a hacer porque, dice, esta es “una de las reivindicaciones más insistentes de los profesores” (¡toma ya!), que llevan “años” diciendo que la metodología “se ha quedado anticuada”. O sea, que nos va a dejar como nuevos. Como cualquier fan del flipped learning, el ministro quiere “darle una vuelta a todo esto”. A ver si ahora le va a dar al PP por cumplir sus compromisos, “contar con los docentes” (nadie dijo con qué tipo de docentes se pensaba contar pero ya lo vamos viendo) y afrontar una “actualización metodológica”. Lo del Bachillerato de tres años o las reválidas, dos aciertos potenciales, se han quedado por el camino; más vale que se les olvide esto también.

Paradójicamente, el Partido Popular de Navarra es el único grupo político favorable a una ley de autoridad del profesor. Hay que decir que el Partido Socialista de Navarra se ha mostrado dispuesto a llegar a un acuerdo si el PP sustituyera la palabra “autoridad” por “protección” (cosa que este partido ya había hecho, en realidad) y ha tenido una postura bastante sensata al respecto. El resto de partidos, todos ellos sin excepción (UPN, Izquierda-Ezquerra, Podemos, Geroa Bai y Bildu) han rechazado la propuesta del PP.

A continuación dejo el texto de mi comparecencia, a petición del Partido Popular, conocedor de mi postura favorable en esta cuestión.

COMPARECENCIA PARLAMENTARIA
PARA TRATAR LA PROPUESTA DE LEY DE PROTECCIÓN DEL PROFESORADO PROPUESTA POR EL PARTIDO POPULAR DE NAVARRA
2 DE DICIEMBRE DE 2016

Hoy, hace diez minutos, ha venido mi hija, y a la pregunta “¿qué tal?”, ha empezado a hablar con lágrimas en los ojos: su tutor, una persona a la que conozco, encantadora, ha sido objeto de mofa por parte de un alumno, y casi todo el resto de la clase le ha reído la gracia, y la clase ha seguido ya en el mismo tono, con risas y burlas hacia el profesor-tutor. El “voceras” ha llegado a decir: votemos para que este 'puto profesor' se vaya a la calle. El voceras había sacado un 1 en Filosofía, la asignatura que daba el tutor. Mi hija es repetidora -por tanto, no es ejemplo-, pero tiene educación, y se pronunció en contra. El profesor ha estado de baja, una semana -porque se le había roto la muñeca (mentira piadosa para enmascarar que no se tenía en pie, que le superaba el clima de la clase, que los alumnos como el voceras buscaban sólo el aprobado y unas cuantas 'emociones', lo que se lleva ahora: sociabilidad, amiguismo, y cero conocimientos). Mi hija sigue hablándome con lágrimas en los ojos. O callamos a los voceras, o nos comen de pies a cabeza. Imposible hacerse oír en una reunión de padres: todos van a lo mismo: Mi hijo, mi hija, mi hijo, mi hija...

            Esto que acabo de leerles me lo contaba un amigo hace solo dos días. He querido comenzar así mi intervención porque cuesta comprender que no haya absoluta unanimidad a la hora de aprobar una ley de protección del profesor como la que el Partido Popular de Navarra presentó en esta cámara el pasado 15 de septiembre.

            Suele decirse, con razón, que la política educativa no ha de estar condicionada por la ideología. Esto no es nada sencillo, puesto que todos tenemos ideología y es imposible que nuestros posicionamientos políticos, políticos en el sentido de preocupación por lo público, no se encuentren contaminados por nuestros propios prejuicios. Pero, si bien es imposible opinar y decidir de manera aséptica, sería deseable encontrar aquellos asuntos en los que no debería caber discrepancia alguna, más aún en esta atmósfera pre-pacto educativo en la que nos encontramos y que a algunos nos da más miedo que otra cosa, sobre todo después de que el ministro Méndez de Vigo Méndez de Vigo se haya comprometido a “actualizar” (nos) a los profesores nuestras “anticuadas metodologías”. En relación con estos asuntos respecto a los que, pienso, se debería poder alcanzar ese ideal tan de moda llamado “consenso”, hemos de dar por hecho que todos los grupos parlamentarios considerarán la educación como un pilar básico de nuestra sociedad. Tampoco sería sensato dudar de que el clima de trabajo y de convivencia en un centro educativo tiene una gran influencia en la calidad de este servicio público tan importante. Dicho esto, les hago una pregunta: Estando de acuerdo en la importancia que para toda sociedad avanzada tiene el disponer de un buen sistema de enseñanza y en que no se puede disociar el aprendizaje de la generación de un ambiente propicio para este: ¿Cómo no ha salido adelante una propuesta cuyo único objetivo es amparar el derecho de todo profesional, en este caso docente, a ejercer su labor en unas condiciones adecuadas?

            La Proposición de Ley Foral que fue rechazada no pretende otra cosa que “reforzar la autoridad” del profesor y “establecer herramientas disciplinarias en casos de conductas contrarias a la convivencia”, garantizando “la debida protección y asistencia jurídica”. Su finalidad es “fomentar la consideración y el respeto” hacia los profesores. En las siguientes líneas se explica perfectamente su razón de ser: “es preciso transmitir que, además de la autoridad que le confiere su saber” (lo que conocemos como “autoridad intelectual”), [el docente] está investido de una autoridad institucional por ejercer la función primordial de la docencia y ser, con ello, garante inmediato del derecho constitucional a la educación”.

            Hay, por lo tanto, una doble necesidad de aprobar una Ley de Protección del Profesorado: por un lado, la necesidad inexcusable de apoyar, cuidar, amparar y prestigiar la figura y la tarea del maestro. Por otro, la obligación moral de inculcar en nuestros alumnos el sentido de la responsabilidad, en un momento en el que incluso la palabra “deberes” resulta políticamente incorrecta y hasta escandaliza, olvidando que no es buen ciudadano aquel que reivindica sus derechos sin ejercer sus deberes, es decir, sin cumplir con sus obligaciones.

            Me gustaría manifestarles mi perplejidad ante los argumentos esgrimidos por los grupos parlamentarios para justificar su oposición a una ley propia navarra sobre autoridad del profesor. Comentaré a continuación algunos de estos argumentos.

1º.- Argüir que la LOMCE ya habla de autoridad y que hacerlo también en Navarra “podría crear confusión” resulta muy poco convincente como razonamiento. En otras comunidades se han aprobado leyes similares, para satisfacción de sus docentes. Y no parece que lo que en otros sitios no ha generado “confusión”, pudiera generarla en Navarra. Descartado entonces que una ley foral sobre esta cuestión pudiera haber provocado aquí el caos, no se entiende qué daño habría hecho su aprobación.

2º.-  Deducir, como se ha hecho, del texto presentado, que se está apostando por una “respuesta solamente represiva” y contraponer la autoridad a la “actitud dialogante” no tiene el menor sentido. El lenguaje es, además, desafortunado, pues hablar de “respuesta represiva” podría hacer pensar a alguien que los profesores queremos someter e incluso humillar a nuestros alumnos, cuando lo único que pedimos es moderar, contener, apaciguar aquellas actitudes que nos impiden a nosotros enseñar y a sus compañeros (y a ellos mismos) aprender. No es necesario, por otra parte, insinuar que el docente ha de ser dialogante. Evidentemente que ha de serlo. Y ha de ser democrático. Y ha de ser respetuoso. Pero nada de esto es incompatible con la consideración de autoridad. Ustedes mismos funcionan en los partidos y en las instituciones con unas normas jerárquicas que no ponen en duda porque facilitan el normal desarrollo de su actividad.

3º.- Ha habido también quien ha asegurado que esta propuesta “encierra un espíritu conservador y autoritario”. No puedo compartirlo. No se trata de una Ley de Autoritarismo sino de Autoridad, ni se quiere otorgar al docente el poder para ejercer la tiranía en el aula. Y no puede ser conservadora una propuesta que aspira a mejorar las condiciones de trabajo de los profesores porque esta es precisamente uno de los factores- clave para que la escuela pública pueda llegar a ser una herramienta de ascenso social.

4º.- Se ha dicho también que “reforzar la autoridad no es solución si no va acompañada de otras medidas”. Podría entender que no es la solución definitiva, y estaría de acuerdo porque hay mucho más por hacer, pero no es un razonamiento sólido para rechazar la propuesta. Si esta propuesta ayuda, aunque solo sea a concienciar de la necesidad de respetar al profesor, de comportarse adecuadamente y, por consiguiente, valorar el privilegio que supone el acceso al conocimiento, debe ser aprobada.

5º- Solicitar a la Inspección y a la Sección de Convivencia “una mayor involucración es”, desde luego, muy atinado. Como lo es pedir una mayor “agilidad” en la activación de protocolos. Sin embargo, afirmar que “la solución pasa por la democratización”, como he leído, me lleva a preguntarme qué hay que “democratizar” en un ámbito plenamente democrático como es la escuela, pero necesitado de normas como cualquier otro ámbito democrático. Y no sé tampoco qué parte de esta proposición de ley puede ir en contra de ese sentido democrático.

6º.- Se ha afirmado que la autoridad se consigue “mejorando la interacción” y “educando para la paz y la convivencia”. ¿No es esta una buena oportunidad para mejorar la interacción y educar para la paz y la convivencia, aprobando una ley que apuesta por la responsabilidad, la tolerancia y el respeto? ¿Qué tipo de “interacción” estamos padeciendo ahora mismo en las aulas? 

            La sociedad actual está dando síntomas claros de desorientación. No solo precisamos de ustedes capacidad de acuerdo sino convicciones. Si no las tienen, o si no las muestran, como representantes públicos que son, difícilmente los profesores podremos cumplir con nuestro cometido. Es difícil enseñar si los referentes sociales van en dirección contraria a los valores que propugnamos y a las actitudes que favorecen el aprendizaje. Es difícil enseñar si las familias no confían en nuestra capacidad para completar, en la parcela que nos corresponde, la educación de sus hijos. Y es difícil, muy difícil, si ustedes no se atreven a llamar a las cosas por su nombre, si tienen miedo a hablar de autoridad, disciplina, esfuerzo, conocimiento… porque ninguna de estas palabras está reñida con el respeto y el compromiso que los profesores tenemos hacia nuestros alumnos, ni tampoco con el cariño con que unos padres han de encauzar a sus hijos. Precisamente el amor incondicional que los padres sentimos hacia nuestros hijos es el que impide que exista la distancia afectiva adecuada para tomar siempre las decisiones más adecuadas. Los padres siempre pensamos, antes que en ninguna otra cosa, en el bienestar y la felicidad de nuestros hijos. Los profesores, sin embargo, hemos de pensar en su formación. Y ustedes, los políticos, han de facilitar nuestro trabajo y contribuir a que nuestros hijos, nuestros alumnos, sean en el futuro unos ciudadanos integrados en la sociedad en las mejores condiciones, como personas cultas, formadas, responsables, tolerantes, libres y con espíritu crítico. Kant lo expresó de forma impecable cuando dijo que “tan solo por la educación puede el hombre llegar a ser hombre”. Dicho de otra forma: es la cultura la que nos humaniza.

            En definitiva, familias, profesores y políticos debemos cumplir con la responsabilidad que a cada uno nos compete. Si una de estas tres piezas falla, el conjunto se debilita y la confianza se pierde. Por eso les pido que decidan pensando en mejorar la educación, sea esta decisión más o menos popular, más o menos atractiva, más o menos novedosa. Ya conocen el dicho: “De buenas intenciones está empedrado el infierno”. No necesitamos buenas intenciones. Necesitamos buenas decisiones.

Muchas gracias.
Alberto Royo .

En una entrada anterior, a raíz de un debate al que me invito este mismo partido, me preguntaba: Con todas las diferencias, que son muchas, que encuentro entre lo que yo defiendo y las políticas educativas (y no educativas) del Partido Popular, ¿qué está ocurriendo en este país para que, al menos en la teoría, sea un partido conservador el único que entienda que la exigencia, el mérito, el esfuerzo... son fundamentales en la escuela? Especialmente llamativa es la decisión de la izquierda de sacudirse de encima la idea de responsabilidad individual, precisamente porque el pobre (pobre cultural, social o económicamente) necesita más que nadie que se respete el derecho al ascenso social de todos y cada uno de los ciudadanos, que se proteja su legítima aspiración a llegar tan lejos como su voluntad y su capacidad se lo permitan.  A esto debo añadir hoy: ¿Qué está ocurriendo para que solo uno de los seis grupos parlamentarios defienda una ley de autoridad docente? ¿Qué está pasando para que uno reclame autoridad y se le diga que “los tiempos del autoritarismo ya pasaron”? ¿Qué nivel de empatía tiene un político en relación con los profesores si es capaz de decir que necesitamos “más formación” para resolver el problema de las agresiones? ¿Cómo puede decir alguien con responsabilidades institucionales que “para educar no es necesaria una ley”? ¿Qué nos hace distintos a los profesores para no merecer el mismo respeto que otros profesionales? ¿Es admisible que se apunte como solución, cuando se está tratando un asunto tan grave,  la oferta de “talleres de educación emocional” y más educación “en valores”? ¿Acaso el respeto a un docente no forma parte de la “educación en valores”? ¿Es aceptable que exponga durante mi intervención un caso real de acoso y desprecio hacia un profesor y alguien lo considere “poco afortunado”? ¿Y que se minimice la situación porque de los “pocos casos”, algunos hechos le habían ocurrido “a la misma persona”? ¿Es serio que, en  este contexto, se reclame la necesidad de hablar también del “desprecio a las cuidadoras” o se me afee no haber abordado la cuestión “desde la perspectiva de género”? No desvelo nada que no sea público y, además, algunas de estas respuestas las han recogido los medios que han asistido a la sesión (aquí, Diario de Noticias; aquí, Navarra.com).

La situación es esta: los profesores tenemos que ganarnos la autoridad (que es lo mismo que decir que debemos demostrar que la merecemos); los profesores no necesitamos ninguna ley que nos proteja sino cursillos de educación emocional, gestión del aula y resolución de conflictos; los profesores tenemos que dejar atrás metodologías trasnochadas y ponernos de una vez a innovar. Suelo ser una persona templada, más aún cuando estoy en un lugar como el Parlamento. Pero hoy no solo estoy cansado. Estoy enfadado. Mucho.

Aprovecho para dejar aquí mi intervención, a partir del minuto 27, en el programa Toma la palabra, de Navarra Televisión. Parece que algunos medios entienden la situación mejor que algunos políticos.


lunes, 28 de noviembre de 2016

César Bona o el “zangolotinismo neopedagógico”


-Pero dilo con más galanura, hombre. No con esa mirada de besugo y ese aire de... de zangolotino... Más galanura.
 -¿Más qué? (preguntó con absoluta ignorancia) 
-Galanura. 
-¿Y eso qué es?

¿Recuerdan este diálogo de la estupenda película “El viaje a ninguna parte” de Fernando Fernán Gómez? Carlos Galván (Pepe Sacristán) y Carlitos (Gabino Diego) ensayaban en la posada una obra de teatro y Sacristán le decía a Gabino Diego, que no estaba nada convincente en su papel, aquello de "zangolotino". Entonces escuché por primera vez esta palabra tan poco utilizada que está hoy de plena actualidad. La RAE define "zangolotino" como una expresión coloquial que sirve para describir a quien  se comporta de forma infantil o demuestra tal mentalidad. Si seguimos así, dentro de poco los zangolotinos dominarán la tierra. Al menos en España.

Esta mañana me desayunaba con una entrevista en La Vanguardia a César Bona, considerado por la tendencia dominante en educación, p
or la administración educativa, y también por Ikea, el mejor profesor de España (aunque, para ser rigurosos, César es maestro de Primaria). Ya en la introducción (minutos publicitarios) leemos que en estos "centros pioneros" que promociona Bona en su segundo libro "lo más importante no es que los alumnos aprueben, sino escucharlos, motivarlos y formarlos para que sean personas socialmente responsables". Antes de entrar en detalles, ¿podría alguien explicarme por qué un examen es perjudicial para conseguir que un alumno se convierta en un ciudadano socialmente responsable? ¿Podría alguien explicarme, de paso, qué es una persona "socialmente responsable"? ¿Podría alguien, abusando un poco, decirme si cuando estos niños tan motivados quieran sacarse el carnet de conducir, se concederá importancia a que lo aprueben o se pedirá que se les conceda en función de su motivación? ¿Animaría a alguien a conducir a un sujeto que no hubiera aprobado el examen? ¿No es también segregador el examen de conducir, puesto que quien no lo supera se queda sin carnet? La argumentación es tan pobre, tan pobre, TAN, TAN, TAN POBRE, que vamos a tener que explicar que aprobar significa que el profesor verifica que un alumno ha aprendido lo que el profesional ha considerado que debía aprender, y suspender no es otra cosa que la advertencia de lo contrario. Pero no hay manera. Los exámenes son malos. Los deberes son malos. La exigencia es mala. El esfuerzo es malo. Los contenidos son malos. Es todo tan idiota que temo que acabemos extinguiéndonos...

Sobre César he hablado en mi libro, de forma, tengo que decir, muy educada. También lo hice a raíz del programa Cintora en la calle, en el que no coincidimos, pues Cintora decidió pasear con Bona por el parque mientras a mí me recluía en un aula antigua, para adecuar, imagino, la atmósfera a lo que tenía previsto consumar durante la grabación (y, sobre todo durante la edición). Comenté otra entrevista suya, en ABC, aquí. Y aquí relaté los pormenores de la única vez en la que he podido debatir con él (hasta que se enfadó y zanjó la charla de forma abrupta) pues en todas las ocasiones en que se ha podido dar la circunstancia (tres, que yo recuerde), César declinó la invitación. Sin embargo, aunque no ha habido suerte a la hora de buscar una discusión civilizada, César sí se ha referido a mí en varias ocasiones, incluso sin citarme y tergiversando unas declaraciones que yo había hecho (aquí se puede leer una crónica de lo sucedido en La Sexta Noche). Hasta sor Lucía Caram, la monja más mediática a este lado del Mississippi, me hizo el favor de desaconsejar mi libro (bueno, es largo de explicar, primero recomendó y luego, ya en la tele, disuadió de su lectura -léanlo, si les apetece, aquí-), al tiempo que invitaba a los espectadores a leer el de Bona que, como diría Coelho, está más mejor

La cosa es que hoy, una periodista de La Vanguardia, Raquel Quelart, firmaba un reportaje (al que pueden acceder desde este enlace) a la estrella mediática con el siguiente titular: 

Si tu hijo te dice que no quiere ir al colegio, ¡escúchale!

Como titular es, sin duda, tendencioso (y todavía no han leído nada), pues presupone que quienes entendemos como natural que nuestros hijos prefieran hacer otras actividades que ir a la escuela debemos ser personas de una enorme crueldad. Porque, con sinceridad, yo a mis hijos les escucho, pero que quieran ir o no al cole no me hace cuestionar la conveniencia de que vayan. 

Tampoco es muy equitativa la autora de la entrevista al cotejar el pensamiento boniano con el mío. Escribe Raquel Quelart: 

Los planteamientos del docente también han levantado ampollas entre algunos de sus colegas de profesión con una visión más convencional de la educación. Muestra de ello es el libro de Alberto Royo Contra la nueva educación. Pero a pesar de las críticas, César se mantiene firme en su compromiso por una educación mejor y más humana

Sra Quelart, "levantado ampollas" es una apreciación un tanto subjetiva. Y, si se trata de ampollas, más bien parece que soy yo el que las ha levantado por haber "osado" criticar las propuestas de moda. Basta ver las loas que usted dedica a Bona y cómo me trata a mí. Porque verá, decir que "a pesar de las críticas", él continúa "firme en su compromiso por una educación mejor y más humana", justo después de haber hablado de mi libro, supone sugerir que quienes no compartimos sus planteamientos, tampoco compartimos sus buenas intenciones (unas buenas intenciones de las que, por cierto, está empedrado el infierno). ¿O supone usted, Sra Quelart, que yo apuesto por una educación peor e inhumana? ¿Quizás extraterrestre? No es que me moleste que César le sulibeye y yo le resulte tan "convencional" y, por lo tanto, aburrido. Lo que ocurre es que la ética periodística debería infundirle cierto afán, si no de objetividad, que es imposible, sí de rigor, imparcialidad y honestidad profesional. Si tiene intención de comparar dos visiones distintas de la educación a través de los planteamientos de un maestro que se dice innovador (Bona) y un profesor que NO se considera "convencional" (yo), pregunte a ambos o al menos no nos trate de forma tan desigual.

Pero vayamos a lo importante, no sin antes pedir a César que lea con más atención mis declaraciones si quiere citarme porque, de hacerlo mal (y ya van unas cuantas), cualquiera podría interpretar que lo que pienso es lo que César dice que pienso y no lo que pienso de verdad, que suele estar bastante cerca de lo que yo digo que pienso. Lo importante es, pues, rebatir algunas ideas, no por quien las dice sino por su contenido y repercusión ("todas las personas son respetables, pero no todas las opiniones", dijo Fernando Savater). Combato estos planteamientos porque los considero dañinos y porque no los quiero ni para mis alumnos ni para mis hijos. Y lo voy a hacer cuestionando algunas de las afirmaciones que aparecen en el reportaje. En azul, las preguntas de la periodista; en rojo y cursiva, las respuestas de César Bona. En negro y en redonda, mis comentarios. 

¿Qué recuerdos guarda de su etapa como alumno?

Supongo que los mismos que tienen los lectores que nos leerán: el ir a la escuela, tener que leer un libro de texto y, luego, soltarlo en un examen, olvidarte e ir al siguiente tema; lo que sigue sucediendo ahora años después. Y, claro, las cosas van cambiando en todos los ámbitos de la vida y la educación no debería ser diferente. 

Los recuerdos de la escuela de cada uno son muy diferentes. Pretender que la experiencia personal condicione las decisiones en materia educativa es mucho pretender. Por otra parte, ningún profesor quiere que sus alumnos aprendan algo y lo olviden de inmediato. Si uno olvida enseguida lo que ha estudiado, normalmente es porque lo ha estudiado muy mal o porque no lo ha repasado. Emplear como excusa eso de que "las cosas han cambiado en todos los ámbitos de la vida" para despreciar aquello que funciona es tan ridículo como recurrir al "esto se ha hecho toda la vida" para eludir la modificación de lo que es necesario alterar.

¿Cuál es el fallo de la educación convencional?

Nos tenemos que dar cuenta de que somos seres sociales, pero seguimos educando a seres individuales. Es necesario que el conocimiento ya no parta solo del maestro, sino que sea un factor compartido y no sea usado exclusivamente de forma individual.

Esta frase no tiene ni pies ni cabeza. El conocimiento no puede partir sino de quien lo atesora. Pensar que es algo "compartido" no tiene el menor sentido. Precisamente porque somos seres sociales necesitamos del conocimiento, para saber comprendernos, para saber tratarnos y para saber convivir.

¿Qué carencias educativas arrastramos la generación EGB?

Sobre todo sociales. Si echas la vista atrás, ¿qué importancia se le daba a las relaciones humanas en la escuela en la que nosotros vivimos? ¿O qué cultura ecológica se nos inculcó?¿Cuántas veces escuchamos cuando éramos niños que las diferencias entre nosotros enriquecen? Vida y Escuela han de ser indisolubles.

Ahora resulta que los de la EGB tenemos una tara. Vaya por Dios. Por lo demás, ¿"vida y escuela han de ser indisolubles"? ¿Qué demonios significa eso? Es como decir "oxígeno y escuela han de ser indisolubles". La escuela forma parte de la vida. No puede ser de otra forma. Si por "vida" se quiere referir César Bona a lo que no es la escuela, debo decir que el ámbito académico y el social son distintos, lo que no significa que no estén relacionados. Pero el objeto de la escuela, por definición, no es sociabilizar sino conocer, lo cual, además, contribuye de forma determinante a la sociabilización. 

¿En qué consiste el proyecto ‘changemarker’ al que están adscritas las escuelas en las que se basa su nuevo libro?

En escuchar a los niños, porque tienen mucho que aportar, invitarles a mirar a la sociedad donde viven e intentar mejorarla. Se trata de convertirles en agentes de cambio. Los alumnos de estos centros celebran asambleas, deciden qué colegio quieren. Y esto no significa que se suban a las barbas, sino que están más a gusto en un lugar donde pueden tomar decisiones, algo que nos sucede también a los adultos.

¿Qué profesor no escucha a sus alumnos? ¿Qué profesor considera que no tienen nada que aportar? Ahora bien, delegar la responsabilidad del adulto en el menor de forma que les toque a ellos decidir qué quieren, me parece, cuando menos, poco profesional. 

Usted critica que en el sistema imperante se escucha poco a los alumnos.

En realidad no es una crítica, es un hecho. Los niños y niñas en la escuela siguen recibiendo información que luego van a tener que repetir. La educación tiene que evolucionar: lo más importante para educar o enseñar es escuchar.

Este razonamiento me parece tan simple, tan tosco, que no sé ni cómo abordarlo. Para aprender hay que repetir, razonar, repasar, escuchar... todo ello forma parte del proceso. Reducirlo a la escucha es tan pueril que no resiste el menor análisis. 

¿Qué diferencias hay entre los siete centros ‘changemarker’ de España?

(...) En el instituto de Sils (Gironès) y en la escuela Sadako (Barcelona) tienen muy en cuenta el compromiso social. En el colegio O Pelouro, de Galicia, conviven niños de distintas capacidades y no se tienen en cuenta las etiquetas. En el centro Padre Piquer, en Madrid, los chavales de secundaria, bachillerato y FP evalúan a los profesores -también su nivel de empatía-.

No es momento de tratar el "compromiso social de la Fundación Ashoka, aunque de ello hablo también en Contra la nueva educación, pero permítanme que sonría cuando leo que son ellos los "socialmente comprometidos" y no los que defendemos un sistema público de enseñanza que ampare el derecho al ascenso social.

¿Qué piensa sobre las críticas que ha recibido su propuesta educativa, como la que plantea Alberto Royo en su libro ‘Contra la nueva educación’, donde acusa a su modelo de despreciar el conocimiento y la cultura y apostar por la felicidad ignorante?

Primero, le felicito por la tipografía de su libro porque es copia exacta del nuestro; segundo, decir que se desprecia la cultura y el conocimiento es no tener ni idea de educación, es tener los ojos cerrados, es querer vivir en una educación de hace 30 o 40 años; tercero, decir que a la escuela se va a aprender y no a ser feliz es un error; y cuarto, estar en contra de la evolución es una equivocación.

Primero, te agradezco, César, la felicitación, porque sé que es sincera, pero tengo que decirte que mi trabajo en Contra la nueva educación no fue más allá de la escritura del ensayo. La portada es cosa de la editorial, pero tú no te preocupes, César que yo les transmito la felicitación. Aprovecho para preguntarte de quién tomaste prestado el título "La nueva educación: ¿Fichte? ¿Dewey? En segundo lugar, tengo que decirte que tienes toda la razón cuando dices que no tengo "ni idea de educación" por afirmar que "se desprecia la cultura y el conocimiento". Como todos sabemos, en este país, como dirían en Amanece que no es poco, es verdadera devoción lo que hay por la cultura y el conocimiento. Prueba de ello es que a ti te han nombrado mejor maestro de España (un defensor del conocimiento) y que Gran Hermano lleva diecisiete ediciones. 

Voy a decirte algo más (no me siento capaz de replicarte cuando me acusas de estar "en contra de la evolución"... ¿contra Darwin?): no solo no tengo los ojos cerrados, salvo cuando duermo, sino que vivo en este mundo y no en los mundos de Yupi como tú, no en los años setenta sino en estos. Y en 2016 es, si cabe, más importante que antes, tener una sólida formación, una base cultural y conocimientos, precisamente para evitar que ningún embaucador nos pueda convencer de lo contrario con el pretexto de que nos va a hacer felices. Me niego a dispensar soma a mis alumnos, César. Me niego y haré lo posible por evitar que sea suministrada a los alumnos de los demás. No quiero ciudadanos felices en su incultura, encantados de conocerse y acostumbrados a exigir sin exigirse a sí mismos. No quiero zangolotinos. No quiero niñatos que no saben siquiera que no saben y cuya ineptitud, de la que de ningún modo tienen toda la culpa, les llevará a ser esclavos o tiranos. Quiero ciudadanos que sean capaces de procurarse su propia felicidad, ciudadanos libres que se labren su propio futuro. Y a ello pienso entregarme. Los elogios y los premios, te los dejo para ti.

Pacto entre mortífagos


Llevo tiempo oponiéndome al pacto educativo. Lo he dicho aquíaquí o aquí. He llegado a hablar de Pacto entre mortífagos, convencido como estoy de que la promesa de Rajoy de "contar con los docentes" se refiere a los docentes de "la nueva educación", los "maestros del corazón", los "innovadores", los "bilingües", los "emprendedores", los "TIC", los "inteligentes múltiples" y "empoderados"... Por eso, el peligro del pacto educativo es que va a consagrar esa "nueva educación", la de "los contenidos no son importantes", la de "el alumno ha de ser feliz", la de "no pongas deberes que hay que ir al museo", la de "no hagas exámenes porque son segregadores" ni hables de excelencia, "maldito elitista". El acuerdo tácito por la destrucción de la enseñanza pública se oficializará en los próximos meses."Uníos a nosotros o moriréis", decía Lord Voldemort. No hace mucho, en una entrevista, un director de instituto poder seleccionar al profesorado según su disposición a asumir los proyectos educativos del centro. "Uníos a nosotros o moriréis". 

Queda cada vez más claro que lo que se busca desde los poderes político-pedagocráticos no es mejorar la enseñanza. Desgasta denunciar la gran estafa y batallar contra la epidemia de estupidez y caradura. Pero cuando expertos a los que uno admira, expertos de los de verdad, como José Manuel Lacasa, coinciden en el diagnóstico, anima y reconforta. "Estamos en el peor momento social para un Pacto por la Educación", aseguraba en una conferencia reciente en Barcelona. Y lo respaldaba con datos, afirmando algo que vengo repitiendo una y otra vez: "el debilitamiento del currículo (...) no incluye a más alumnos -los expulsa de la escuela bajo fórmulas más sutiles-, y además, perjudica especialmente a los alumnos que provienen de entornos desfavorecidos". En efecto, la falta de exigencia, la reducción de los contenidos y el buenismo (Lacasa habla de "trilerismo de las buenas intenciones") han acabado con la idea de la enseñanza como ascensor social.

Lean la excelente entrevista de Eva Serra en Catalunya Vanguardista (aquí). No tiene desperdicio. Vale la pena leerla entera, pero vean lo que dice José Manuel Lacasa sobre un posible pacto educatvo.

Ojalá no se firme porque estamos en el peor momento social para hacerlo. Fijar un mal modelo para los próximos treinta años es mucho peor, es un suicidio. Hemos cambiado un poco el modelo LOGSE y ya no hemos vuelto a hacer nada más. En estos momentos un pacto por la Educación es un pacto por los intereses de las empresas educativas, de los partidos, de los sindicatos de profesores y de las patronales de educación. Nadie está hablando de verdad de Educación, hablan de sus intereses. Lo que hay en el ambiente y lo que se está implantando es técnicamente tan malo que si fijamos esas medidas y no podemos tocarlas en treinta años estamos muertos.

jueves, 24 de noviembre de 2016

"Disfruten del espectáculo", en el blog de Nacho Camino



Nacho Camino, que se prodiga menos de lo que nos gustaría a quienes hemos sido asiduos a sus lúcidos escritos, habla en su blog de los últimos acontecimientos en el ámbito mediático-educativo, con referencias a algunas de mis vicisitudes, como las acaecidas en Cuarto Milenio o en el programa de Mercedes Milá

Así comienza el artículo:

Si las entradas de esta bitácora se han espaciado tanto en los últimos tiempos es porque a quien esto escribe le parecía redundante seguir levantando acta del lento pero imparable hundimiento de la enseñanza española. Como, además, las propuestas que podían surgir de este espacio se oponían frontalmente al pensamiento hegemónico, tras cada publicación quedaba flotando en el aire un incómodo olor a catacumba: la sospecha de que este incienso subterráneo sólo iban a olerlo, una vez más, los convencidos, las mismas y cada vez menos numerosas narices que asoman por aquí tras haber constatado el hedor que desprende aquello que convenimos en llamar “escuela”.

Durante este tiempo, no es que las cosas hayan cambiado mucho. La nueva ley educativa se ha demostrado tan chapucera e ineficaz como cualquiera de sus predecesoras de los últimos veinticinco años. El fracaso escolar apenas se ha reducido, y, si lo ha hecho, obedece más a un maquillaje estadístico que a la imperturbable realidad. Las, así llamadas, nuevas pedagogías siguen bombardeando a los profesores en ejercicio con teorías de antiguo y de moderno cuño, la mayoría de ellas sin mayor fundamento científico que una baraja del tarot. Los políticos siguen hablando de pacto, y las nuevas tecnologías son el flamante becerro de oro.

Sin embargo, hay algo que sí ha cambiado. Algo que se veía venir, pero que nunca imaginamos que pudiera estallar como lo ha hecho. Estas discusiones pedagógicas, que antes se restringían al ámbito académico, se han convertido, como cualquier otro objeto de consumo, en un espectáculo para las masas. Lo que antes se reservaba para el debate especializado ahora es motivo de tertulia, concurso o telerrealidad en horarios de máxima audiencia. No hay cadena que no emita algún programa dedicado al asunto educativo, casi siempre a partir de un análisis superficial y profundamente sesgado de los problemas que padece eso que aún acordamos denominar “escuela”. Hasta Cuarto Milenio ha enfocado su objetivo parapsicológico para mejor iluminar las bondades de la neopedagogía, lo que quizá sea comprensible, después de todo: las pseudociencias se reconocen mutuamente sin dificultad alguna. Han proliferado tertulias, documentales, hasta concursos como “Poder Canijo”, un adefesio pagado con dinero público que la audiencia, por fortuna, ha castigado como merece. Por tener, tenemos hasta estrellas mediáticas como César Bona, con cuya invocación parecen solucionarse todos los males de la enseñanza, aunque no sepamos con certeza cuál es su método, ni siquiera si tiene uno. Y puesto que hay un héroe, y si queremos que el espectáculo continúe, los popes del entretenimiento televisivo nos proporcionan, cómo no, un villano. Ese papel le ha tocado en suerte al profesor Alberto Royo, el único en esos platós de la España cainita y bullanguera que se ha atrevido a señalar la impudicia del rey: A la escuela, ha dicho, se va, en primera instancia, para formarse, y no para ser felices. Semejante máxima le ha costado la reprobación, más o menos explícita, de presentadores, colegas, padres y hasta de monjas nada recatadas como la apelesiana Lucía Caram.

El texto completo, aquí, junto a mi agradecimiento a Nacho por su generosa valoración. 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Debate sobre educación en el Foro de la Sociedad Civil


El pasado domingo me invitaron por segunda vez al Debate del Foro de la Sociedad Civil, que presenta Gonzalo Castillero en Capital Radio, junto a Jesús Banegas (presidente del Foro de la Sociedad Civil), Francisco Navarro (decano asociado de la IE Business School del Instituto de Empresa) y Antonio Cordón, que es consultor de comunicación.

Se puede escuchar el programa desde  este enlace (es la grabación de 20/11/2016).






lunes, 21 de noviembre de 2016

Salvados Deluxe


Jordi Évole, el que antaño se hiciera llamar follonero, se suma definitivamente, no al follón, sino al orden establecido, al menos en lo que atañe a la enseñanza. Évole ya estuvo desafortunado en aquel programa dedicado a Fin-landia, el país que quiere terminar con la escritura a mano y de paso con sus buenos resultados. Entonces confundió educación con Educación Primaria, dio voz (más voz, quiero decir) a un Catedrático de Didáctica que sorprendentemente aludió, para justificar que el sistema no funciona por nuestra culpa, a la nota de corte de Finlandia para estudiar Magisterio (¿y los valores, el aprender a aprender -o el enseñar a enseñar-, la intención "segregadora" de las calificaciones...?), olvidando que el problema de las Facultades de Magisterio concierne a los maestros y pedagogos y no a los profesores de secundaria, y se empeñó en comparar contextos, el del país nórdico y el nuestro, tan parecidos como el huevo y la castaña.

Ayer la volvió a pifiar con un programa ligero por fuera pero venenoso por dentro. No voy a rasgarme las vestiduras por la escasa profundidad de Salvados. Entiendo que es un programa de entretenimiento y no periodismo de investigación (a veces diría que se trata de periodismo de investigación placebo), pero lamento mucho que en un programa con tanta audiencia solo se haya podido escuchar el discurso hegemónico, que no mayoritario, en la enseñanza. Y lamento que en menos de diez minutos hubiéramos escuchado ya los tres mantras habituales de la Neopedagogía: "la letra con sangre entra", "la lista de los reyes godos" y el desprecio a los contenidos. Obviaré los dos primeros porque da cierto pudor tener que rebatir algo inexistente y que solo existe en la mente repleta de prejuicios de los adalides de la ignorancia (yo mismo jamás estudié la lista de los reyes godos ni sufrí una educación violenta y hoy las agresiones, cuando se producen, las padece el profesor). Pero sí quiero mostrar mi disgusto por las declaraciones de un colega, profesor de filosofía y director de instituto, quien afirmó durante el programa algo que me parece terrible: "Los contenidos", dijo, "no son tan importantes". Los contenidos no son tan importantes... Tan importantes ¿como qué? ¿Qué es más importante que el conocimiento en la enseñanza secundaria? Si el conocimiento no es lo prioritario, ¿cuál es el fin de la educación? No puedo comprender cómo un profesor puede pensar así. Puedo entender que no todos coincidamos en cómo conseguiremos formar mejor a nuestros alumnos. Es más, estoy convencido de que no es posible ponernos de acuerdo en esto, pues hay tantas metodologías como docentes. Pero discrepar en algo tan esencial como la importancia de los contenidos me parece muy preocupante.

Por lo demás, hemos llegado a un punto en el que no nos asombra lo asombroso sino que nos escandaliza lo que habría de percibirse con naturalidad. Uno dice que la escuela no está para hacer felices a los alumnos sino para formarlos y es víctima de todo tipo de maldiciones. Sin embargo, un director de instituto reconoce en público que se modifican los enunciados de la Selectividad para adaptarlos al actual nivel de los alumnos y no pasa nada. Sugería Antonio Muñoz Molina en el prólogo a Contra la nueva educación que si lo que ocurre en la enseñanza sucediera en la sanidad, el escándalo sería mayúsculo (y nadie imaginaría a un médico restando importancia a la salud). Pero aquí, repito, no pasa nada. Esta misma mañana, un amigo al que admiro por su lucidez, después de visto el programa y respecto a esta cuestión de la Selectividad, reflexionaba: Nadie se ha inmutado. Las cámaras han seguido filmando (...) Estamos ante sistema cultural tumorizado y ¿da igual? (...) El programa ha sido sencillo. Construimos un modelo educativo, vertemos harina populista, seleccionamos a unos profes y papis guays, montamos una clase chachicontestataria, metemos toda esa argamasa en el horno beleplaciente de la inspección educativa, echamos azúcar made mass media y chiiin: ¡a comer! Otro programa sobre educación. Manjar navideño.

La gente se sorprende cuando me opongo al tan ansiado por muchos "pacto educativo". No quiero pacto porque ya tenemos consenso. Hay consenso en que los contenidos no importan. Hay consenso en que los profesores somos responsables de la felicidad de nuestros alumnos. Hay consenso en que las familias no tienen que inculcar a sus hijos hábitos porque eso es competencia de la escuela (eso sí, los deberes, hasta que se consiga la "abolición", los hacen papá y mamá). Hay consenso en que exigir es injusto, clasista y perverso. Hay consenso en que memorizar es perjudicial para la salud mental y emocional de los muchachos. Hay consenso en que la opinión de profesional de la enseñanza tiene menos peso que la de padres, madres, tíos, vecinos, expertos, pedagogos e incluso alumnos, que para eso son -y así lo señala nuestra ley educativa popular-socialista (LOGSE/LOE/LOMCE) en sus preámbulos- el "objeto del sistema".

Así que, ¿quiénes somos nosotros para poner pegas? No se preocupen: en poco tiempo alguien hablará de conocimiento y habremos olvidado qué era. Entonces, ya no dolerá.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Merceditas y la hoguera literaria


El periodista Ferrán Monegal, que ya hablara de Contra la nueva educación en su sección La tele de Monegal del programa Julia en la Onda (aquí lo comenté), se refiere en su columna de El Periódico a la crítica de sor Lucía Caram a mi libro en el estreno del programa de Mercedes Milá Convénzeme (de la que hablé aquí). Dice Monegal:

"(...) el plato fuerte vino con sor Lucía Caram, que se puso a despotricar del ensayo 'Contra la nueva educación', del profesor Alberto Royo. ¡Ah! El propio Royo ya ha contestado en su 'blog',diciéndole a sor Lucía que quizá esté en pecado mortal, porque meses atrás subió a Twitter un vídeo en el que aparecía ella misma enarbolando el libro y aconsejando vivamente su lectura. O sea, que es muy posible que la madre Caram tenga que ir al obispado a confesarse por haber conculcado el octavo mandamiento, aquel que dice «no mentirás»."

El artículo completo, aquí